
Julian Barnes deja de escribir; ha cumplido ochenta años y dice basta. De despedida nos deja este libro: reflexiones que, en realidad, quieren ser IAM (recuerdos autobiográficos involuntarios), algo semejante a la famosa madalena de Proust, aunque no se reconoce proustiano, que le permite escribir sobre recuerdos deslavazados, que suelen tener como tema la memoria, la enfermedad, el amor, la muerte… con una idea clara: “que la memoria es identidad: suprimamos la memoria ¿y qué nos queda? Nada más que una especie de existencia animal anclada al momento” (p. 175).
Como ejemplo, relata una historia de amor fracasado de dos compañeros a los que puso en contacto en los años de universidad; se separaron, y veinte años más tarde los vuelve a unir con éxito limitado.
Un Barnes viudo, que ha superado un cáncer sanguíneo, aunque sigue estando ahí, se comporta como los estoicos, sin esperar nada ni creer en nada: “y aunque no dejo de odiar y temer a la muerte (aun reconociendo la futilidad de tales protestas), ¿siento rabia contra ella?” (p. 156), pues “la vida no es una tragedia con un final feliz, pese a lo que prometa la religión; más bien es una farsa con un final trágico o, como mucho, una comedia ligera con un final triste“ (p. 203).
Una lectura que deja un sabor amargo, que no está entre lo mejor que ha escrito, pero seguramente quería resaltar lo mismo que ha estado contando durante muchos años.