
El conocido y buen escritor Julián Barnes (Leicester, Reino Unido, 1946) ha escrito en su última y desafortunada novela una crítica muy desenfocada y errónea del cristianismo, especialmente en sus primeros siglos. Se traslucen su escepticismo y ateísmo. Para este trabajo se apoya fundamentalmente en la controvertida figura de Juliano el Apóstata.
La sirena que fascinará a sus oyentes es Elizabeth Finch (E.F), profesora de educación de adultos en el Londres de hace dos décadas. La editorial apunta que: "Neil, el narrador, es un hombre de mediana edad que no ha tenido suerte ni en lo personal ni en lo profesional. Si hay algo que recuerda con entusiasmo, son las clases de Cultura y Civilización que recibió de una profesora extraordinaria: E.F. Inteligente e inalcanzable, llena de elegancia; esta mujer admiradora del mundo clásico consideraba que el mundo había tomado el camino equivocado el día en que el Imperio Romano decidió abrazar el monoteísmo cristiano. Por eso su héroe era el último emperador pagano: Juliano el Apóstata."
E.F. resumía su método pedagógico del siguiente modo: "No intentaré atiborrarles de datos como se atiborra de maíz un ganso. El resultado sería sólo un hígado hinchado, lo cual no resultaría saludable". Neil cae perdidamente enamorado. Entregado por el aplomo de E.F., deslumbrado por su confianza, fantasea ideas descabelladas sobre la vida extraescolar de ella: pijamas de seda, lagos italianos, viñedos franceses, amantes misteriosos. La profesora pretende sobre todo ayudar a pensar a los alumnos.
Cuando acaba el curso, Neil se arma de valor, e invita a comer a su amada, y durante 20 años cenan juntos 2 o 3 veces al año. No está claro que obtiene E.F. de estos encuentros. Lo que saca Neil es la impagable oportunidad de ser superado en inteligencia por una mujer de una reserva y un intelecto formidables. Tras la muerte de E.F., un abogado le comunica a Neil que ella le ha dejado sus libros y papeles. Neil se otorga a sí mismo la condición de discípulo, revisa los cuadernos y descubre que los intereses académicos de su exprofesora se centraban en Juliano el Apóstata, emperador romano, soldado, erudito y denunciador del cristianismo. Aquí termina la primera parte de la novela.
La segunda parte narra el intento de escribir el ensayo sobre Juliano el Apóstata que E.F., -supone él-, habría compuesto si hubiese vivido más años. Ocupará 50 páginas de la novela. La tercera parte nos devuelve a la vida de Neil, que va más allá de Juliano en busca de nuevas informaciones para resolver la enigmática personalidad de E.F.
E.F. había publicado dos libros: "Mujeres explosivas: las anarquistas de Londres entre 1890 y 1910", y "Nuestros mitos necesarios: nacionalismo, religión y familia". E.F. afirma que "Los dioses antiguos de Grecia y Roma eran dioses de luz y de gozo; los hombres y mujeres comprendían que no había más vida que ésta, que era aquí donde había que hallar la luz y el gozo, antes de que la nada nos envuelva. Esos nuevos cristianos, en cambio, obedecían a un Dios de la oscuridad, el dolor y la servidumbre; un Dios que afirmaba que la luz y el gozo solo existían después de la muerte, en el cielo de su creación, el camino hacia el cual está lleno de pena, miedo y culpa".
Neil escribe refiriéndose a Juliano: "¿Y si hubiese gobernado 30 años más, relegando el cristianismo, año tras año, y volviendo a consolidar, de un modo gradual, el politeísmo de Grecia y de Roma? ... ¿Qué habría pasado entonces? Quizá no hubiese hecho falta un Renacimiento, ya que las antiguas tradiciones que conocemos seguirían intactas, y las grandes bibliotecas de la erudición no se habrían destruido. Puede que no hubiese sido necesaria una Ilustración, porque ya se habría producido en gran parte .... Cuando llegara la Edad de la Razón llevaríamos ya 14 siglos viviendo en ella ... Imaginemos la ciencia liberada de las trabas de la religión. Que si algún placer podíamos disfrutar en la vida, era en esta breve estancia terrenal nuestra, no en un cielo absurdo..."
E.F., refiriéndose a Jesús decía: "Pálido Galileo, tu venciste". Fue el momento en el que la historia se torció. El monoteísmo impone, además, siempre la ortodoxia sexual.
Es muy notable la absoluta falta de rigor histórico y científico de toda la novela. Es lamentable, que a estas alturas de la investigación en estos temas, se puedan llegar a formular estas afirmaciones, escritas desde luego con una perspectiva atea agresiva. Hay algunos detalles sensuales.