
Breve e intensa reflexión de Julian Barnes, uno de los escritores más reconocidos en la literatura inglesa, sobre el cambio de opinión. Barnes encuentra dos posturas: la de Keynes, el famoso economista, a quien acusaron de incoherente y que manifestó que “cambio de opinión cuando cambian los hechos. (…) El mundo, por desgracia, puede decantarse por la incoherencia, pero nosotros no” (p. 7); y la del dadaísta Francis Picabia, quien manifestaba que “tenemos la cabeza redonda para que nuestros pensamientos puedan cambiar de orientación” (p. 8). Barnes defiende que el cambio de opinión es una mejora para vivir en la verdad, adaptarse al mundo y también al prójimo.
No se pueden mantener —de hecho, no se hace— las mismas ideas desde que se comienza a pensar hasta el final de la vida, aunque los cambios radicales son pocos, pues “preferimos considerarnos seres humanos coherentes y no algas zarandeadas por las mareas”.
En su opúsculo, se muestra desconfiado de los recuerdos y de las palabras, que se pueden emplear con frecuencia con propósitos opuestos. Tampoco la política le motiva, pues se mantiene la opinión por encima de todo, a pesar de que a lo largo de la vida se puede pensar de forma muy diferente y votar a partidos muy distintos. Nosotros mantenemos nuestros principios; son los políticos, que piensan a corto plazo, quienes flexibilizan sus valores o los adaptan a las encuestas.
De poco sirven los debates, pues los argumentos utilizados no provocan el cambio de opinión; solo buscan crear la dependencia de la persona. En la lectura tampoco hay muchos cambios: “si leer es uno de los placeres – y de las necesidades – de la juventud, releer, es uno de los placeres – y de las necesidades – de la madurez” (p. 49).
Barnes hace una lista de ideas que ha mantenido fijas durante toda su vida, la mayoría de ellas muy radicales y utópicas. Entre las mismas, insiste y repite que toda religión es un engaño tranquilizador que debe ser eliminada de la sociedad.