
Un clásico de la autora alemana con sus reflexiones sobre la verdad en la política durante los años de la Guerra Fría. Arendt, como es habitual, se hace preguntas que contesta recurriendo a sus propios pensamientos, siempre apoyados en los clásicos.
Verdad y mentira en la política recoge dos estudios. El primero, «Verdad y política», es un escrito sobre la necesidad de la verdad en la gestión política, mientras que en el segundo, «La mentira en la política», recurre a la otra cara de la moneda y aprovecha la desclasificación de los Documentos del Pentágono, en 1971, un informe donde aparecen la propaganda y las mentiras que se lanzaron desde el Gobierno americano en los años sesenta para tapar y justificar el desastre que supuso la guerra de Vietnam, donde concluye que se utiliza la mentira para manejar situaciones en función de las necesidades de un gobierno.
Pero es en el primer ensayo donde se muestra la mejor Arendt. En política no cabe la verdad revelada, ni tampoco la verdad filosófica; es la verdad factual, la verdad de los hechos, pero esta degenera fácilmente en opinión e interpretación, una verdad que excluye el debate que, por otra parte, es la esencia de la vida política. La calidad de la opinión y del juicio requieren imparcialidad. Ninguna opinión es evidente por sí misma, pues «va de un lado a otro», pero tampoco la verdad factual es más evidente que la opinión, y la opinión se valora según el deseo de la mayoría.
Esto hace que quienes sustentan opiniones puedan desacreditar fácilmente los hechos como si no fueran más que otra opinión. Para Arendt, lo que define la verdad factual es su opuesto, la falsedad deliberada o la mentira, y aquí entra en escena el político embustero que cambia la realidad persuadiendo y creando imágenes. Frente al autoengaño solo cabe el «diálogo silencioso» entre el sujeto y su yo.
Es esperanzador que «la verdad, aunque resulte impotente y siempre salga derrotada en su choque frontal con los poderes establecidos, tiene una fuerza peculiar: hagan lo que hagan quienes ejercen el poder, son incapaces de descubrir o inventar un sucedáneo viable de ella. La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad, pero no pueden reemplazarla» (p. 72).