
Barcelona, 2022. Un hombre sin oficio ni beneficio, recién salido de la cárcel, consigue un puesto de trabajo en la Organización, una suerte de agencia secreta que no reporta a nadie y se dedica a investigaciones diversas, cuando las distintas fuerzas de seguridad nacionales y autonómicas no se coordinan. Enseguida, el Jefe reúne a todos los agentes (nueve personas absurdas, con nombres secretos aún más delirantes) y les narra tres enigmas, en principio sin ninguna relación, para que investiguen: la aparición de un hombre ahorcado en un hotel de mala muerte de las Ramblas, la desaparición del patrón de un yate amarrado en el puerto de Barcelona, y el hecho de que una marca de conservas no ha variado los precios desde hace un año, en contra del desarrollo de la competencia.
El escritor catalán entrega otro libro de humor descabellado, casi una astracanada, una comedia de enredo que finalmente acaba llevando a una solución coherente, en contra de casi todo lo que ocurre alrededor. Los protagonistas son todos muy divertidos; cada lector encontrará el suyo favorito, y tiene dónde elegir, porque todos tienen relevancia en la historia. Encuentro como inconveniente principal que es un tanto irreverente cuando roza temas relacionados con la Iglesia: el nuevo agente entra en la cárcel porque un sacerdote se salta el secreto de confesión, justificando que tiene que ser mejor ciudadano que sacerdote; y en la historia aparece también un párroco mayor y algo demente, buena persona, pero del que también se ríe. Si no fuera por eso, la novela, dentro del humor propio de Mendoza (autor de la mítica Sin noticias de Gurb), sería una genialidad.