
Ensayo de difícil seguimiento, ya que -a pesar de tener un lenguaje cuidado y elegante, de modo particular en las primeras páginas- no llega a dejar claro dónde quiere ir, a qué conclusiones quiere llegar o qué ideas sostiene.
Al inicio la lectura seduce: la exposición es culta y la argumentación se sigue bien; después, en los capítulos siguientes, y queriendo mantener una relación entre ellos, el hilo argumental se enreda, los razonamientos se complican o se alcanzan unas conclusiones tipo "explosión afirmante sin previo aviso", porque no queda claro de dónde proceden ni las consecuencias que conllevan.
Tampoco resuelve la enérgica admiración del autor por Fray Luis de Granada y sus escritos; queda como admirador de su prosa barroca, pero arrancándole la esencia cristiana que tiene.
También hay que tener en cuenta el sustrato kantiano y hegeliano del autor y en consecuencia el ateísmo y otras ideas sobre la libertad, cultura ... difíciles de armonizar con el cristianismo. Contiene mucha fragmentación, un concepto débil del hombre, mucha tristeza y pesimismo en el concepto de la muerte, así como una pobreza en las concepciones de amistad, arte o literatura. Sorprende que el autor mantenga su pensamiento. Muchas páginas para poco fruto.