Un mes en Siena

Antes de leer el libro conviene tener en cuenta que se trata más de un libro de arte que de una novela propiamente dicha, aunque tiene un cierto argumento. Se reproducen agradables pinturas de la Escuela de Siena. Es una obra que gustará especialmente a los amantes de la pintura.
El ganador del premio Pulitzer (2017) Misham Matar nació en Nueva York (1970), de padres libios, creció en Trípoli y en El Cairo, y ha pasado la mayor parte de su vida adulta en Inglaterra.
Ahora nos ofrece un relato sobre la fuerza del Arte para sobreponerse al dolor y a la desdicha. La editorial nos apunta que "con una prosa exquisita y medida, bellamente ilustrada y enriquecida con juicios certeros y elegantes, el autor nos invita a reflexionar sobre el valor del arte como instrumento para iluminar nuestro propio paisaje interior y ayudarnos a entender el mundo que nos rodea". Es como una exploración del impacto del arte en la vida y en la escritura, y una lúcida reflexión sobre el duelo.
Para hacerse una idea sobre cómo es el libro:
"En 1990, cuando tenía 19 años y estudiaba en la Universidad de Londres, su padre Jaballa Matar desaparece, secuestrado a manos de la policía secreta libia. A la hora de la comida se iba a la National Gallery de Londres. Allí, todos los días, se quedaba mirando un cuadro durante casi una hora. La semana siguiente cambiaba de cuadro y así sucesivamente. La gusta mirar especialmente los de la Escuela de Siena. No sabía muy bien lo que le llamaba la atención de esas pinturas. Solo quiere entender y consolarse un poco; un puñado de pintores le ayuda a hacerlo. 25 años más tarde va a Siena, donde nunca había estado. Después de más de tres décadas de ausencia, regresé a Libia, mi país de origen. Aquel viaje me cambió, y me sentí obligado a llevar aquellas vivencias al papel. Tres años después, terminado el libro, tomé la decisión de viajar a Siena, cuyo patrimonio artístico me había interesado tiempo atrás. Me fui con mi mujer Diana. Un día me topé con las pinturas de la Escuela de Siena (s. XIII, XIV, XV). No las comprendía del todo. En los cuadros se traslucía la esperanza. La pintura depende de la vida emocional de quien la contempla. Diana y yo deambulamos por la ciudad: hablamos sobre la libertad y la asertividad. El ambiente era propicio para ello. Contemplar la naturaleza equivalía a rezar. De pronto, era como si estuviéramos en Siena, Roma y Trípoli. Me sentí inmensamente agradecido por haber conocido a Diana hacía tantos años, por el hecho de ser amado por mí mismo, y ser capaz de amarla por ella misma. Compartíamos, de modo especial, el amor al arte. Siempre que terminaba un libro era como si me vaciase por dentro, pero nunca había experimentado esa sensación con tanta fuerza, como con el último en el que relataba mi regreso a Libia y la búsqueda infructuosa de mi padre".
Es una obra recomendable, con una prosa muy cuidada y erudita. No ofrece inconvenientes. Quizás a veces pueda divagar un poco.
