
Impresionante novela llena de humanidad, pero también de crueldad y amor. Hay momentos fuertes que encogen el corazón, pero fueron hechos que sucedieron
Basada en la Rusia posrevolucionaria, terminada la guerra civil, el ambiente social era desolador e inhumano. La carencia de víveres era absoluta y la hambruna como consecuencia de la situación y, también, provocado por los nuevos dirigentes encabezados por Stalin recorría todo el país. Yájina no hace un manifiesto político, describe desde la distancia el comportamiento de millares de personajes. Se mata por un mendrugo de pan duro o se abandona un hijo para no verlo morir de hambre.
La historia es sencilla y metafórica. Como tantas novelas transcurre durante un viaje. Un viaje en tren dirigido por el jefe de expedición, Déyev, y una comisaria política, Bélaya, bolchevique sin fisuras, acompañados de un maquinista, un enfermero y un grupo de mujeres con el encargo de llevar quinientos niños de la desolada y hambrienta Kazán hasta las prometedoras y ricas tierras de Samarcanda; cuatro mil kilómetros y seis semanas de traqueteo. Las situaciones son comprometidas, violentas, en ocasiones, y siempre difíciles. No hay alimentos, ni medicamentos, ni tampoco se dispone de productos higiénicos. Sin embargo el jefe está empeñado en cumplir su misión e incluso en saltarse las normas con tal de llegar al orfanato en Samarcanda y depositar allí a sus quinientos pasajeros para salvarlos del hambre, las enfermedades y el vagabundeo. Déyev es un nuevo hombre de la revolución, no quiere saber nada de Dios, tampoco tiene claro por qué quiere tener éxito en su tarea.
Lucha contra todo y contra todos por conseguirlo. ¿Orgullo, eficacia, cumplimiento, humanitarismo? o, un viejo concepto condenado a morir: amor al prójimo.
Un viaje por la sociedad revolucionaria, con una burocracia incompetente e inmersos en una lucha por el poder que impone la ideología por encima de la vida de las personas.