
Johnson es conocido por escribir biografías, en algunos casos, para denunciar la hipocresía entre la vida de sus biografiados y las ideas que manifestaban. Así ocurre en Los intelectuales. En el caso de Sócrates, muestra la vida de un filósofo que vive como piensa. Johnson nos hace cercanos al personaje y nos introduce en una época que no siempre resulta fácil de comprender. En todo momento vivimos el presente, pero reflejado en el pasado, en el siglo V a. C., el siglo de Pericles y de la idealización de la democracia. Es cierto que abusa de un Sócrates demasiado actual, defensor de la igualdad de hombres y mujeres, abolicionista de la esclavitud y del monoteísmo, muy próximo a la tradición judía. Sin embargo, para Sócrates la moralidad era absoluta: o es absoluta o no es moralidad. Fue enemigo y crítico del relativismo moral y distinguió claramente entre cuerpo —la forma de cara afuera— y el alma —la personalidad del ser humano hacia dentro—. En el mundo actual, están presentes algunas máximas que tienen origen en el pensamiento socrático: “Algunos hombres viven para comer, yo como para vivir”; el joven virtuoso evita “los excesos en todo”; “la pobreza es un atajo para el autocontrol”.
Sócrates no dejó textos escritos, ni siquiera cartas, y es conocido gracias a los recuerdos de sus discípulos, especialmente la obra de Platón. Pero Johnson, siguiendo a Vlastos, quiere separar a los dos filósofos y ve importantes diferencias entre maestro y discípulo. De hecho, destaca la semejanza de Sócrates con Tomás Moro, pues ambos combinan la rectitud con el humor malicioso o la ironía y el patriotismo unido al deber religioso.
El Sócrates de Johnson es “la filosofía personificada”. El autor ofrece una visión muy personal, pero intensa y actual, de uno de los filósofos clásicos griegos más influyentes.