
Finkielkraut es uno de los pensadores franceses más libres e independientes y con una clara visión moral de la vida. No es cristiano, pero siempre tiene presentes y ha interiorizado la aportación de los valores cristianos occidentales.
El pescador de perlas es una expresión que Hannah Arendt aplicó a su admirado Walter Benjamin, ese pensador que buceaba en los libros para sacar a la superficie pequeñas perlas presentadas por otros escritores. Finkielkraut desarrolla quince frases de otros pensadores. La última, muy sencilla, es del cantante Paul McCartney: “I believe in yesterday”, que se convierte en un precioso manifiesto para mantener lo valioso del ayer, sin rechazar lo nuevo, y evitar lo superficial de hoy sin caer “en la amargura con los años”.
Esa es su cultura y el mundo donde vive. Ama y defiende a Europa, la democracia, los modales y la buena educación, un feminismo diferente, pero también sabe ver que el espíritu de igualdad democrático, “una vez alcanzado su estadio último, no tolera ninguna forma de trascendencia” (p. 62), y donde “lo que no tiene precio ha perdido su prestigio” (p. 71).
Se enfrenta, con mucho respeto, a Houellebecq, enemigo de la eutanasia, que Finkielkraut presenta como una consecuencia de no conocer a Dios. Confiesa que “la única oración que me concierne y que a veces rezo en el silencio de la noche: ‘Estar vivo hasta la muerte’. Pero ¿a quién la dirijo?” (p. 37).
Este es el problema: ve con mucha claridad un mundo que presenta muestras de desvarío e incoherencia, pero no tiene dónde anclarlo.