
Para Deneen, «el liberalismo ha fracasado porque el liberalismo ha triunfado» (p. 221), pero ¿a qué liberalismo se refiere? No se encuentran referencias a Adam Smith ni a la escuela de Viena o la escuela de Chicago. Pronto se descubre que presenta una visión del «liberalismo progresista», en el sentido anglosajón, que ha cautivado a tantos partidos «progresistas» actuales, como el Partido Demócrata estadounidense.
El «progresismo» pretende transformar la vida humana y el mundo. Para ello precisa de un individuo liberado y un Estado controlador. Hobbes, en su Leviatán, vio estas dos realidades: el Estado compuesto de individuos autónomos y estos individuos, a su vez, «contenidos» en el Estado absoluto, incluso tiránico.
El liberalismo ha propiciado tres revoluciones: (1) la libertad, como liberación humana de una autoridad establecida; (2) la emancipación de la cultura y de las tradiciones arbitrarias; y (3) el dominio humano sobre la naturaleza a través de la ciencia y la prosperidad económica.
El liberalismo progresista rechaza la autolimitación humana y olvida los principios aristotélicos y tomistas del autocontrol y las virtudes necesarios para alcanzar la felicidad. El liberalismo rechaza los límites de la ley natural y no reconoce una naturaleza humana fija.
Fue Francis Bacon —Hobbes fue su secretario— quien reclamó la capacidad humana para «dominar» o «controlar» la naturaleza, planteando incluso alcanzar la inmortalidad. Posteriormente, Rousseau, Marx, Mill y otros han seguido esta idea hasta llegar a los «transhumanistas».
Los liberales «conservadores» subrayan la necesidad de dominar la naturaleza científica y la economía, pero se detienen ante la idea de extender este proyecto a la naturaleza humana. Los liberales «progresistas» aprueban cualquier medio técnico de liberar a los humanos de la naturaleza humana de nuestros propios cuerpos. Un debate que sigue hoy abierto.
Otro aspecto progresista, que viene de Hobbes y de Rousseau, es que el «hombre natural» es una criatura sin cultura, un primitivismo estable que separa naturaleza y cultura. De aquí surge la anticultura que tanto se promueve en la educación, eliminando las normas sexuales y económicas y «liberando» o anestesiando la voluntad humana, que sucumbe especialmente por el consumo, el hedonismo y el pensamiento a corto plazo.
El libro no es fácil de seguir; por momentos es árido, pero contiene sugerencias interesantes. Según Deneen, el liberalismo «progresista» es insostenible en todos los aspectos, pues no puede forzar a perpetuidad un orden sobre una colección de individuos autónomos cada día con menos normas sociales constitutivas, ni tampoco puede proporcionar un crecimiento material sin fin en un mundo limitado.