
En este libro, el autor adopta un tono más íntimo que en sus crónicas viajeras. Es un recorrido por las figuras femeninas que marcaron su vida espiritual, familiar y literaria.
Con su habitual calidez narrativa, Olaizola retrata a mujeres reales: de su entorno familiar, del mundo laboral, del cultural y también a santas y otros personajes históricos que, de algún modo, han modelado su manera de entender el mundo.
La obra alterna recuerdos personales con reflexiones sobre la maternidad, la vocación, la fidelidad y la fortaleza femeninas. Hay retratos de mujeres sencillas y otros con directa proyección pública, pero todas están unidas por la capacidad de amar y de sostener a quienes les rodean.
Escribe con un tono agradecido, sin grandilocuencias ni sentimentalismos, destacando la belleza espiritual de lo cotidiano. A diferencia de otros escritos suyos, este no tiene un itinerario geográfico, sino interior: el viaje es hacia la memoria y el reconocimiento. Muestra cómo la presencia femenina ha sido para él una escuela de humanidad y de fe, en contraste con un mundo que muchas veces banaliza estas virtudes.
Es un homenaje sincero y sereno a la mujer, sin tópicos ni ideologías. Transmite ternura, respeto y admiración hacia la influencia femenina en la vida personal. Su lectura deja una sensación de paz, de humildad y de alegría por las cosas pequeñas bien vividas.