
En este libro, el conocido filósofo alemán muestra una vez más sus cualidades como escritor: viveza, profundidad y originalidad. El objetivo que se propone es mostrar el carácter espiritual de la vida afectiva. Para lograr esta finalidad hace un análisis fenomenológico de los sentimientos o afectos superiores que ayuda a apreciar su espiritualidad. Va escribiendo ejemplos y comparaciones que manifiestan las cuatro características de dichos afectos: inteligibilidad, intencionalidad, trascendencia y correspondencia.
Esta breve obra se compone de dos partes. Una conferencia con el título propio del libro completo, Las formas espirituales de la afectividad. Y la segunda son textos extraídos en parte del segundo capítulo de la ya clásica obra suya sobre El corazón. Distingue tres tipos de sentimientos: corporales, psíquicos y espirituales. Los dos primeros son inferiores en el hombre y los últimos son los superiores. Aunque por la complejidad del ser humano pueden darse unidos. Lo central es no caer en el error típico de la historia de la filosofía occidental en este tema que consiste en desplazar la afectividad al ámbito del intelecto y la voluntad o peor aún reducirla a una pasión sensible, al ámbito fisiológico.
Presenta una nueva propuesta antropológica: añadir al ámbito del espíritu el corazón o afectividad. Para él, hay tres elementos en el espíritu humano: inteligencia, voluntad y corazón. Lo propio del corazón es el amor que es la respuesta afectiva más alta. Y así rescata el papel crucial y positivo de la afectividad en la dimensión moral. Hace una precisión o matiz interesante al respecto. Como no se puede asegurar que todo tipo de amor sea libre, -el enamoramiento puede venir súbitamente sin previo uso de la libertad- lo que es indudable es que se pueden moldear libremente todas las respuestas afectivas al valor. Y con esta aclaración queda claro el significado de la afectividad espiritual dentro de la moralidad. En esta segunda parte habla de cuatro tipos de afectos: corporales, pasiones psíquicas, espirituales, y el éxtasis místico. Tiene descripciones magistrales, con mucha belleza y hondura.
El libro puede ser difícil de seguir para las personas no versadas en filosofía porque no tiene una clara estructura, usa la circularidad en la exposición, repite las ideas que le parecen importantes y emplea el método fenomenológico con el que no está familiarizada la mayoría de la gente. Se recomienda sumamente su lectura a personas con sólidos conocimientos filosóficos.