
Coetzee ultima con este tercer relato sobre el niño David su extensa parábola de las dos entregas anteriores: La infancia de Jesús (2013) y Los días de Jesús en la escuela (2017). El conjunto de los tres episodios hacen patente que estamos ante una interpretación personal de la figura de Jesucristo, hombre enigmático: hijo de David, en sus pormenores históricos, hace 2000 años, e hijo de Dios ahora, con nombre diferente para quienes estudian su figura en los evangelios.
Coetzee, en La muerte de Jesús acentúa, si cabe, valiéndose de las anécdotas domésticas de David, las alusiones puntuales a la figura de Jesucristo: su origen desconocido, su voluntad férrea ante Inés y Simón —que no son sus padres biológicos—, su cuerpo que no aparece en el ataúd que le preparan sus amigos, su mensaje secreto a la humanidad —que no es otro que su propia persona—, etc. Se trata de mil detalles más, fácilmente reconocibles por lectores familiarizados con los evangelios, detalles cuidadosamente redactados para hacer siempre posible, pero improbable, que la figura de ese David-Jesús corresponda al Jesucristo de la fe cristiana. La inmensa mayoría de los guiños del relato conducen al lector a la figura de Jesús que dibujó el protestantismo liberal.