
Es un ensayo filosófico breve pero denso que gira en torno a una idea central: la progresiva desaparición de Dios del horizonte cultural y existencial de Occidente, no tanto como negación frontal, sino como desvanecimiento silencioso. A partir de ahí, el autor traza un recorrido que mezcla pensamiento occidental con influencias orientales —algo característico en su obra— para sugerir que la divinidad no ha sido simplemente negada, sino transformada, diluida o desplazada hacia otras formas de experiencia.
El libro tiene momentos de verdadera agudeza: señala con acierto cómo el hombre contemporáneo vive como si Dios no estuviera, aunque no siempre lo niegue explícitamente. También resulta sugerente su intento de recuperar una dimensión de misterio frente a la reducción racionalista. Sin embargo, esa misma apertura termina siendo su límite: el concepto de Dios se vuelve demasiado difuso, casi intercambiable con nociones de conciencia, vacío o absoluto impersonal, lo que debilita la consistencia de la reflexión.
El estilo es elegante, con un tono ensayístico que invita a la pausa, aunque a ratos cae en cierta vaguedad o en afirmaciones más evocadoras que demostradas. No es un libro de combate intelectual, sino de insinuación; más poético que sistemático. Esto lo hace atractivo, pero también exige un lector formado que no se deje arrastrar por la ambigüedad.
En conjunto, vale la pena porque pone el dedo en una herida real —la pérdida del sentido de Dios—, pero no ofrece una salida firme; más bien abre preguntas, algunas valiosas y otras insuficientemente resueltas.
Tiende hacia una visión no personal de lo divino, con influencias de filosofías orientales, lo cual no es compatible con la concepción cristiana de Dios como ser personal, creador y providente. Además, diluye la distinción entre Creador y criatura, lo que puede llevar a una comprensión imprecisa —cuando no errónea— de lo religioso.