
El autor es un referente en el mundo educativo. Maestro y doctor en filosofía tiene en su vida la experiencia de miles de horas en el aula; considera que en la enseñanza actual hay un excesivo enfoque pedagógico.
Con optimismo y valentía señala la ligereza de algunas metodologías, usadas sin contrastación empírica. En esos casos, los alumnos pueden perder capacidad de aprendizaje, espíritu crítico y conocimientos. Los más perjudicados son quienes sólo tienen un ascensor social, que pasa por la escuela. El autor reivindica que la escuela sea un lugar en donde se cultivan las virtudes. Algunas, como las que facilitan el esfuerzo, son despreciadas o ignoradas por quienes consideran que la espontaneidad tiene el mismo valor que el hábito de estudio acrisolado. Lamenta el abuso de la tecnología, lo que va en detrimento de otras facetas, como la lectura. No se trata de elegir lo uno o lo otro, se trata de saber cuándo procede usar uno u otro medio. Defiende el valor del conocimiento y destaca la importancia de cultivar un uso responsable de la libertad. Sus apreciaciones las entienden mejor quienes han pasado años en el aula; tienen más dificultad quienes son solo teóricos de la pedagogía. Ni rechaza todas las novedades, ni da por buenas todas la innovaciones; el estudio, la reflexión y la práctica, sin usar a los alumnos de conejillos de indias, son campos para crecer y quedarnos con lo mejor de cada aspecto.
Al leer el libro, es fácil recordar que en este campo, las opiniones no se cuentan, se pesan. Ignorar lo que personas de valía profesional contrastada piensan es renunciar a cribar las ideas. No se trata de coincidir con todas sus apreciaciones, sino de conocer su opinión porque tiene el prestigio que da el estudio y la experiencia.