
Mark Lilla parte de una paradoja muy humana: queremos conocer la verdad, pero también deseamos protegernos de ella. A partir de ahí construye un ensayo de historia intelectual que recorre el Génesis, Platón, la tradición religiosa, el sufismo, la literatura y el psicoanálisis para investigar por qué, en determinadas circunstancias, preferimos la ignorancia al conocimiento.
El interés del libro está en que no entiende la ignorancia simplemente como falta de información. Examina también el deseo activo de no saber, el autoengaño y las ilusiones que nos permiten conservar cierta tranquilidad. Por eso el libro termina siendo una reflexión sobre la verdad, la libertad, la responsabilidad y los límites del conocimiento.
Es un ensayo inteligente, erudito y estimulante, aunque no siempre fácil. Lilla tiene una gran capacidad para relacionar autores y tradiciones muy diferentes y convertir una cuestión filosófica abstracta en un problema que afecta directamente a la vida humana. Me parece especialmente valioso porque no cae en la ingenuidad de pensar que saber siempre nos hace más felices: algunas verdades duelen y, precisamente por eso, el hombre puede sentir la tentación de apartarse de ellas.