
Los editores del libro recomiendan “usar la imaginación” ante este libro, y es comprensible: imagínese una casa señorial inglesa donde un relativamente joven viudo vive con sus tres hijas. Imagínese que una de ellas, con sus 11 años, es un genio de la química (o mejor, de los venenos) y une a una mordacidad sin límites talentos que ya quisiera Sherlock Holmes para sí. Imagínese que un día aparece un cadáver en el huerto de pepinos, y que el padre es detenido… y Flavia se pone a hacer de todo por salvarlo (incluso acusarse del crimen, si es necesario).
Sin duda, el personaje principal es inverosímil. Pero, una vez se entra en el juego propuesto por el autor, Flavia se convierte en un personaje delicioso que —si bien es capaz de hacer cosas que ya quisiera James Bond— es siempre, ante el lector, una niña de 11 años, con una capacidad sobresaliente para sonsacar información a los adultos (ventajas de la edad) y para incordiar a sus hermanas mayores.
En definitiva, una novela policiaca clásica, bien escrita, con diálogos inteligentes y buenas dosis de ironía nada amarga; un libro dirigido a todas las edades que se lee con facilidad y una sonrisa en la boca; una bocanada de aire fresco en un género que, en ocasiones, parece incapaz de evitar lo truculento o lo escabroso para crear interés.
D. L. - J. M. - J. V. (2010)