
Educar es ayudar a crecer a una persona concreta. El libro se articula alrededor de cuatro preguntas: ¿a quién se educa?, ¿para qué se educa?, ¿quiénes educan? y ¿cómo educar?. Estas preguntas permiten al autor abordar respectivamente la persona como sujeto de la educación, la finalidad educativa, los distintos agentes —con especial importancia de la familia y los profesores— y los criterios que deben orientar la acción educativa.
Considera necesario partir de una determinada concepción del ser humano: si no sabemos quién es la persona, difícilmente podremos saber qué significa ayudarla a desarrollarse. Es una perspectiva antropológica que devuelve a la educación cuestiones que hoy con frecuencia quedan relegadas: libertad, verdad, virtud, felicidad, responsabilidad y plenitud.
El lenguaje es deliberadamente divulgativo y evita convertir la reflexión filosófica en un tratado académico excesivamente técnico. Es especialmente valioso que el autor recupere una concepción personalista y finalista de la educación, en la que cada alumno es alguien único e irrepetible y no simplemente un individuo que debe alcanzar determinados resultados.
No pretende desarrollar exhaustivamente cada cuestión. Algunas ideas quedan planteadas de manera bastante sintética lo que responde al propósito del libro: provocar en el educador una reflexión seria sobre su tarea.
Sigue la antropología de Leonardo Polo y muestra su fecundidad en el terreno educativo.