
Vivimos en una cultura que ha convertido la velocidad, la productividad y la actividad constante en criterios de valor personal. Ese es el punto de partida del ensayo.
El autor analiza cómo el llamado tecnocapitalismo ha transformado nuestra experiencia del tiempo. El problema no consiste únicamente en tener poco tiempo, sino en haber perdido la capacidad de detenernos. La prisa termina afectando al trabajo, las relaciones, el ocio, la capacidad de contemplar, la vida interior e incluso la experiencia religiosa. El resultado es una existencia fragmentada, agotada y cada vez más dependiente de la novedad.
Una de las mayores virtudes del libro es que Torralba no se limita a denunciar el problema. Frente a la tiranía de la actividad propone recuperar la pausa, el silencio, la contemplación, la conversación, el juego y la capacidad de estar verdaderamente presentes.
Además, es un libro con una importante dimensión antropológica y espiritual. Torralba recurre a autores clásicos y dedica un espacio considerable a san Agustín, especialmente a su concepción del tiempo, la memoria y la interioridad. La idea de que la existencia es un don y de que el ser humano está abierto a lo imprevisible da al libro una profundidad que va más allá de la habitual crítica sociológica a la vida acelerada.
Es un libro serio, culto y muy actual, pero no precisamente ligero: quizá su tesis podría expresarse con bastante menos páginas. Su ritmo, paradójicamente, es pausado y reflexivo, algo que constituye parte de su encanto.