
Laura Cumming es la crítica de arte principal del Observer desde 1999. Ganadora del Premio James Tait Black y finalista de los premios Baillie Gifford, Costa y Rathbone's Folio.
Esta nueva obra suya, simbiosis de los recuerdos sobre su padre, el pintor escocés James Cumming, y los análisis de diversos cuadros de pintura holandesa. La simbiosis es perfecta, ya que su padre fue quien le descubrió la grandeza pictórica, psicológica, emocional... de estas obras, que con frecuencia son de tamaño reducido. Grandes obras en unas dimensiones acogedoras, su padre también le enseñó a descubrir la luz, el color, la quasi mística que encierran estas pinturas, porque —fruto de una observación atenta— se llega al alma de la obra y casi del pintor.
Explora también, partiendo de la obra del poco conocido pintor Carolius Fabritius, cómo una imagen puede irrumpir en tu vida, y transformar en un momento la visión que tienes de ella, aportándote perspectivas nuevas y dándote una nueva claridad.
Con el recorrido de la pintura flamenca del siglo XVII, Cumming nos ayuda a reflexionar sobre la fragilidad humana, la precariedad, la fuga de la vida... y la llegada de la muerte. Todas las reflexiones hechas con un tono de intimidad, de complicidad (como si el lector llegara también a la comprensión que tiene la autora) que alcanza, a quien acompaña en la lectura, a situarse en profunda y suave conexión con la escritora.
Ensayo impregnado de recuerdos familiares, muestra con delicada fuerza, objetiva, real, palpable, la explosión que la pintura revela al hombre, siempre que el hombre vaya en busca de la trascendencia, y no se agote en el tecnicismo, por otro lado sublime, pero que no es la finalidad ni de la majestuosa obra del Siglo de Oro holandés, ni de la persona humana.