
Es un ensayo breve y concentrado que intenta recuperar la pregunta por Dios en una época que parece haberla olvidado. El filósofo surcoreano-alemán Byung‑Chul Han dialoga con el pensamiento de la pensadora francesa Simone Weil, a quien considera una de las mentes espirituales más penetrantes del siglo XX, para pensar de nuevo la experiencia de lo divino en el mundo contemporáneo.
El punto de partida es una constatación bastante clara: nuestra civilización ha perdido el silencio interior. La vida está dominada por la hiperactividad, el rendimiento, el consumo y el ruido permanente de la comunicación digital. En ese contexto, hablar de Dios parece casi imposible. Han sostiene, sin embargo, que el problema no es que Dios haya desaparecido, sino que el ser humano ha perdido las disposiciones espirituales necesarias para percibirlo.
El libro avanza como una meditación filosófica articulada en torno a varios temas que Han toma de Simone Weil: la atención, el vacío, el silencio, la belleza, el dolor, la descreación y la inactividad. Cada uno de ellos aparece como una puerta hacia la trascendencia. Para Weil —y para Han—, la atención profunda es casi una forma de oración; el silencio no es ausencia, sino espacio para que lo divino pueda manifestarse; el sufrimiento puede purificar la mirada; y la belleza es un destello que apunta hacia algo mayor.
La fuerza del ensayo está en su estilo concentrado. Han escribe de manera aforística, breve, casi contemplativa. No construye un sistema teológico ni una apologética clásica; más bien ofrece intuiciones que invitan al lector a detenerse y mirar el mundo con mayor hondura. Su mérito consiste en introducir preguntas espirituales en medio de la cultura del rendimiento y de la distracción permanente. El libro tiene algo de llamada a la interioridad: recuerda que, sin silencio, atención y contemplación, la vida humana se vuelve superficial. Obtuvo el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025.
Este pequeño volumen tiene un valor claro: recuerda que la experiencia de Dios no pasa por el ruido ni por la eficacia, sino por la atención, la belleza y el silencio interior. En una época saturada de estímulos, esa llamada a la contemplación resulta casi contracultural.