Se hace tarde y anochece

[Le soir approche el déjá le jour baisse]
Año: 
2019
Género: 
Público: 
Editorial: 
Palabra
Ciudad: 
Madrid
Año de publicación: 
2019
Páginas: 
428
Valoración moral: 
Género: Pensamiento
Sin inconvenientes.
Requiere conocimientos generales en la materia.
Lectores con formación específica en el tema.
Presenta errores doctrinales de cierta entidad.
El planteamiento general o sus tesis centrales son ambiguos o se oponen a las enseñanzas de la Iglesia.
La obra es incompatible con la doctrina católica.
Calidad literaria: 
Recomendable: 
Transmite valores: 
Contenido sexual: 
Contenido violento: 
Lenguaje vulgar u obsceno: 
Ideas contrarias a la doctrina de la Iglesia: 
La calificación de las distintas categorías proviene de la opinión de los colaboradores de Delibris

Último tomo de una trilogía, iniciada en 2013, tras Dios o nada y La fuerza del silencio, donde el cardenal Sarah sigue conversando con el periodista Nicolas Diat. En este caso muestra una situación sombría, como el título hace entrever, y penetra en el análisis de una civilización occidental en crisis. Sarah se centra en tres aspectos: la Iglesia católica, el hombre y la sociedad. Demuestra un gran conocimiento y una profunda capacidad de análisis. Puede que la visión sea triste, pero es grande la esperanza. La crisis de Occidente es profunda y tiene muchas connotaciones, pero sobre todo es una crisis espiritual, basada en el rechazo de Dios, de una sociedad que “ya no acepta a su Creador y, poco a poco, va pisoteando las normas morales para reemplazarlas por normas jurídicas” (p. 280). Lo que la ley permite adquiere carta de moralidad. Continúa en esta línea, “el mundo ha elegido organizarse sin Dios, vivir sin Dios, pensar sin Dios. Está viviendo una experiencia terrible: donde Dios no está, está el infierno. ¿Qué es el infierno sino la ausencia de Dios?”. El desconcierto es grande y de ello no se libra ninguna institución, a ningún nivel, pues las clases dirigentes se guían por “tres principios: el dinero, el poder y el placer” y no extraña la incoherencia de que “por la mañana se organizan conferencias humanitarias y por la noche se venden armas”.

En medio del proyecto está el hombre, en nombre del progreso, separado de Dios para ser autónomo, un hombre nuevo, incapaz de adquirir un compromiso total. Como un nuevo Adán, sin pasado, comienza de nuevo, pero siguiendo los cánones de la modernidad. Un hombre sin fe; si la tiene, será subjetiva y privada, sin culpa ni pecado y sin necesidad de ser salvado, “en lo material el hombre es obeso. Y, en el plano espiritual, deambula como un triste payaso” . Así, “el hombre contemporáneo se niega a adorar, a admirar, para no encontrar en nada que no sea él mismo la alegría más honda”. Dios no cuenta y la actividad espiritual se traduce en filosofia del bienestar. El resultado cultural es evidente: “Lo feo se ha convertido en bello y lo inmoral en progreso” y “la vida se ha convertido en una fiesta sin Dios”, y es que el capitalismo “no necesita hombres, sino consumidores. Su único objetivo consiste en mejorar las capacidades de producción y consumo” (p. 347), pero el engaño queda al descubierto, “queremos ser cada vez más ricos y no nos damos cuenta de que somos cada vez más pobres”.

En medio de este panorama está la Iglesia, una necesidad, pues “es imposible creer solo, igual que es imposible nacer o engendrarse a uno mismo” (p. 30). Una Iglesia inmersa en la crisis de la descreida sociedad occidental, donde “el activismo corroe la oración, la auténtica caridad se transforma en una solidaridad humanitaria, la liturgia queda a merced de la desacralización, la teología se convierte en política, hasta la noción de sacerdocio entra en crisis” y “la oración es el único y principal remedio”. Hace una recomendación, mejor una petición: “¡Me gustaría que cada cristiano saliera en busca de un sacerdote y le diera las gracias por lo que es! No por lo que hace, sino por lo que es: ¡un hombre radicalmente entregado a Dios!”. No se puede olvidar que “la crisis del matrimonio y la de las vocaciones tienen una raíz común”, “un amor que ya no consiste en la entrega de uno mismo, sino únicamente en la posesión del otro: una posesión con frecuencia violenta, tiránica”.

Pero hay espacio para la esperanza y son las personas las que tienen que hacerlo, ya que “si no podemos cambiar el mundo, si podemos cambiar nosotros”, pues “son los santos quienes cambian las cosas y hacen que la historia avance”. En estos momentos “no deberíamos pedir nada. Vivir en el agradecimiento es algo fundamental” y resulta “urgente volver a vivir la experiencia de la gratuidad, condición de la amistad, la belleza, el estudio, la contemplación y la oración. Un mundo sin gratuidad es un mundo inhumano”. Es la visión y el pensamiento de un cardenal africano que conoce perfectamente la cultura occidental, esto le permite mostrar con asombro un panorama desolador, pero a la vez cuenta con la receta infalible de la oración y del Amor de un Dios que nunca abandona a sus hijos.

Autor: Francisco Forriol , España, 2020