
Se trata de un bellísimo texto de prosa poética escasamente argumental. Se alude en repetidas ocasiones a la muerte del padre, a pasajes de la infancia, a un jardín habitado por un tilo, que a su vez habitan los pequeños pájaros; a algunos personajes (a los que se nombra mediante iniciales: H., C., etc.); pero el texto carece de argumento propiamente dicho.
Los episodios rememorados sirven de apoyo para una reflexión, para un breve aforismo, para un pensamiento lanzado como un dardo (que acostumbra a dar en la diana de la más hermosa expresión literaria). El texto respira religiosidad, fe, esperanza, bondad, la alegría de saberse en la compañía de Dios.
Por supuesto, no es un tratado riguroso, no lo pretende, pero no hay nada contrario a la ortodoxia. El tono es íntimo, sosegado, rebosa verdadera paz. Constituye una lectura grata y agradecida, deja un sabor literario inmejorable.
Para aparcar un buen rato las ocupaciones cotidianas y disfrutar en calma de la interioridad. No hay mucha literatura como esta; vale la pena acercarse a ella.