
Una trama de venganza, muy similar en su planteamiento a otra novela de Woolrich, La novia vestía de negro, llevada al cine por Truffaut. En este caso, es un hombre el que decide hacer justicia a su novia muerta. Uno no debe desesperar si, al abordar el capítulo 2, le parece que no tiene nada que ver con el 1. Es la manera peculiar, y muy eficaz, que tiene el autor de encadenar los acontecimientos.
Woolrich maneja con mano de maestro la elipsis, con igual destreza dosifica los datos, juega con el lector como lo haría un Hitchcock con sus espectadores... Bien es cierto que roza lo inverosímil y quizá haga más que rozarlo, pero el lector admite eso como parte del juego y lo sigue encantado. Importa poco que el protagonista reúna en sí los caracteres de un neurótico y de diez agentes de la CIA juntos, que le salga todo tan milimétricamente perfecto, o que el narrador recurra a un tono terrorífico y fatalista, sobre todo porque sabe compensarlo con otras secuencias de aire costumbrista donde se palpa una suave ironía contra costumbres y vicios intemporales.