La ley y la dama

Una de las maravillas del matrimonio es saber que ambos, al unísono, se comprometen para afrontar lo bueno y lo malo que la vida les vaya presentando. En esta historia, sin embargo, parece que solo Valeria, la protagonista intrépida, pone empeño en llevar a cabo esta parte del compromiso. Ama a Eustace, su marido, pero este esconde algo grave acontecido en su vida pasada que no quiere compartir con ella por miedo a que dicho descubrimiento enturbie lo que acaban de formalizar.
Sin embargo, cuando el amor es grande, se adquiere una especie de habilidad resbaladiza que nos hace escapar de lo ordinario para meternos de lleno en el descubrimiento que ha de romper las barreras de lo imposible para dejar paso a la verdad que, como sabemos, nos hace libres. Valeria, en contra no solo de la petición de su marido sino, también, de todos los que la envuelven, que intentan sin éxito disuadirla, decide tirar adelante porque lo único que la motiva es la ilusión no solo de limpiar el nombre de la persona a quien ella más quiere, sino que, haciéndolo, esa esperanza que ahora está inundada de incertidumbre quedará, por fin, limpia de toda impureza.
El autor consigue meter al lector en la narración de tal forma que es difícil no inmiscuirse con esa capacidad de búsqueda de la verdad que infunde en su protagonista. Hay que destacar que toda la trama queda bien encubierta por una confianza plena en la Providencia, en mover ficha porque hay un «algo» que, además, es quien mueve y anima a seguir adelante para zanjar lo que aún no había quedado aclarado. Una buena combinación de intriga y acción que, bañada con un cierto toque romántico, consigue captar la atención del lector hasta la última línea. Muy recomendable.
