Los relojes

La historia comienza con un hallazgo perturbador: el cadáver de un hombre desconocido aparece en la sala de una casa, rodeado de relojes que marcan una hora distinta a la real, y cuatro no pertenecen a ese sitio. El desconcierto inicial da paso a una intriga compleja en la que nada es lo que parece.
Aunque Hércules Poirot no está presente desde el principio, su papel es decisivo y meticulosamente construido; actúa como una especie de cerebro en la sombra. Desde su casa, guía la investigación con su lógica implacable, dejando que el joven agente Colin Lamb —quien narra buena parte de la historia— haga el trabajo de campo. Esta distancia permite al detective belga brillar desde el análisis puro, como un ajedrecista que domina el tablero sin mover piezas él mismo.
La novela está estructurada en dos tramas que se entrelazan con inteligencia. Además de la muerte inicial, hay una investigación secreta de espionaje en plena Guerra Fría, donde Lamb, encubierto como investigador civil, busca a un espía infiltrado en Inglaterra. La autora juega con ambas líneas, dándoles ritmos distintos pero convergentes, como si fueran dos relojes que finalmente marcan la misma hora.
El suspenso es constante, aunque no es de un tipo vertiginoso; más bien se trata de un suspenso intelectual, de pistas veladas, conversaciones ambiguas y detalles aparentemente inofensivos que cobran importancia bajo la mirada de Poirot. El lector se ve tentado a resolver el enigma antes que él, pero rara vez lo logra.
