La alegría interior

El conocido filósofo español se dedica una vez más a una analítica existencial en esta breve pero rica y profunda obra. El objetivo se expresa en el subtítulo del libro: Aproximación a una estética existencial. Considera que la vida del hombre puede ser una obra de arte bella -estética- si la persona se propone crecer a través de una biografía auténtica. Ésta se consigue cultivando ciertos valores que muchos desprecian por el afán de éxito y la búsqueda de resultados en un activismo desenfrenado. Elegir la sencillez, la prudencia, la discreción y la serenidad es un camino que lleva a la riqueza personal y al gozo de una existencia llena de paz y apertura a los demás.
Uno de los hilos conductores de este libro es la distinción entre ser y tener. Se trata de dos ámbitos ontológicamente diversos y la prioridad corresponde al ser, que se despliega en un ser-con pues la persona humana no se entiende aislada sino en relación con otras personas a través de la libre donación. A lo largo del camino el ser humano ha de hacer revisiones críticas para no caer en la ligereza que suele manifestarse en la palabrería inútil, los desencuentros, el aburrimiento y la perplejidad. La estética existencial tiene como condiciones la tranquilidad y la lentitud -como disposición interior- y su fruto maduro es la alegría perdurable que nace de dentro. Por eso el hombre no ha de sucumbir ante la presión social sino mantenerse firme en sus convicciones.
Quizá la mayor profundidad de todas las afirmaciones radica en que la alegría no está en el orden del tener sino del ser: el simple gozo de ser lleva a experimentar la intimidad como una serena plenitud. Por eso lo que sucede no es obstáculo para la fruición pues la persona sabe que la alegría es expresión de una existencia auténtica. La persona que quiere crecer ha de evitar las distracciones que le impiden vivir atentamente y volver a centrarse en su ser que es la única fuente de la alegría interior. No es fácil huir de las perturbaciones porque el mundo actual es complejo, conflictivo, agobiante y saturado de mensajes que marean. Renunciar a esta perplejidad vale la pena pues lleva a la tranquilidad del espíritu. Cuando hay quietud espiritual se facilita la acogida del otro, el amor, el realismo y la indulgencia ante la lógica imperfección de uno mismo y de los otros seres humanos. Así se evita el peligro -que siempre está latente- de la despersonalización y se conquista un ser que siempre disfruta el presente.
