El paraíso en la puerta

Quizá, como alternativa al subtítulo, podría decirse –por el contenido de este libro– que el autor ha escrito sobre los diversos intentos de paraísos terrenales, como anticipos que siempre quedarán cortos ante la felicidad que Dios ha preparado para los que le aman. También podría señalarse que muchos capítulos se dedican a explicar, con las insuficiencias propias de toda analogía, las diferentes dimensiones de la alegría del cielo, con textos literarios que el autor califica con acierto como “profetas de la felicidad”.
En cualquier caso, salvaguardadas las rectas intenciones, no parece que el autor haya logrado una obra convincente con estas páginas, en las que sigue latiendo la energía del converso que juega a enfant terrible.
Algunas reservas pueden ser el abuso de algunas comparaciones de corte erótico, que a veces entiende como cauce necesario para la caridad teologal; cierto lenguaje grosero, con tendencia a lo escatológico; una debilidad argumentativa, que bastantes veces incide en el sofisma post hoc, ergo propter hoc, que Shakespeare traduciría como bien está lo que bien acaba; una crispación apologética, con el ideal de una cristiandad martirial, totalmente alejada de la alegría que conlleva la santificación de lo ordinario.
También se dan pedestales inmerecidos a algunos filósofos, especialmente Nietzsche, Proust, Rimbaud, Baudelaire y Sade. Y hay una exégesis distorsionada del Salmo 138, que califica de intento de blasfemia por parte de David.
En una línea similar, resalta también el comentario donde apunta a una transubstanciación femenina: apura hasta lo irreverente el paralelismo “comunión eucarística / comunión esponsal corpórea", y poco después bromea sobre tiranteces conyugales en el cielo, o fantasea sobre un cielo cristiano similar al Edén del Corán.
