Despertad al diplodocus. Una conspiración educativa para transformar la escuela… y todo lo demás

En los últimos años, el filósofo español José Antonio Marina se ha convertido en divulgador a tiempo completo de las directrices de la UNESCO para impulsar en todo el mundo un tipo de educación creativa que prepare a los alumnos a ser innovadores, capaces de abrir campos nuevos. Según esta tendencia, la humanidad los necesita perentoriamente, para que no se detenga la aceleración creciente del actual progreso humano.
En el presente ensayo Marina expone, en forma divulgativa y con abundantes referencias a la literatura especializada, las pautas principales para introducir en esta tarea a los docentes españoles, dormidos ahora como ese diplodocus del microcuento de Augusto Monterroso. Operativamente, los consejos de Marina parecen eficaces. Los distribuye, en forma jerarquizada, en cinco ámbitos: escuela, familia, ciudad, empresa y Estado: bien entendido que la acción prioritaria estriba en persuadir a quienes han de dirigir la tarea: los propios profesores. Sin embargo, parece que el autor no resuelve satisfactoriamente varios aspectos:
a) Una clara delimitación entre los conceptos educación y aprendizaje. En el orden técnico de la inteligencia operativa (aprendizaje) es legítimo el estímulo de la creatividad; pero en el orden ideológico (educación), el tema es bastante serio como para confiarlo a la creatividad innovadora del que hace tabla rasa de la cultura almacenada por la humanidad en siglos de historia
b) El tercer lugar que se otorga a la familia en esta tarea, que significa sencillamente sustraer a los padres de su autoridad natural a educar a sus hijos, por delante de lo que estimen profesores, escuela, Estado, etc. Marina invierte la dependencia (el agente educativo principal -dirá en p. 101- es el centro educativo entero), e ignora que la escuela está al servicio de la familia y no a la inversa.
c) El autoaprendizaje aparece también, en este ensayo, como acción prevalente sobre el sujeto que la ejecuta. No explica cómo evitar que la creatividad termine en golpes de ciego que destrocen al propio agente. No parece acertado, antropológicamente, dar más valor a las acciones que a los sujetos que las realizan, en sintonía con una mentalidad socializante, que concede a las “comunidades de aprendizaje” lo que no otorga a los propios padres (p. 107).
d) Este ensayo de Marina mezcla y diluye mutuamente la ética con la técnica: ésta en algunos momentos asume el papel rector de lo que debe ser hecho, mientras que en otros casos es la ética la ciencia del “deber ser” la que prescribe directrices para esa evolución cultural. ¿Quién y con qué criterios señala como progreso (incremento de valor ontológico) tal o cual logro concreto fruto de la libre creatividad? No parece que Marina, en este libro, supere las deficiencias de la ética utilitaria de Stuart Mill.
F.J. (España, 2016)
