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El Dios que no nació. Religión, política y el Occidente moderno

[The Stillborn God]
LILLA, Mark
Año: 
2007
Género: 
Pensamiento
Público: 
Adultos
Valoración moral: 

El autor (Detroit, 1957) es historiador del pensamiento político y profesor de Humanidades en la Universidad de Columbia. El presente ensayo se inscribe, más allá incluso de sus posibles intenciones inmediatas, en el actual debate sobre el alcance de la libertad religiosa y la genuina laicidad en una sociedad secularizada. Desde el punto de vista historiográfico, válido para iniciar una investigación prometedora, hay que reconocer que el libro ofrece interesantes puntos de reflexión. Por ejemplo, la descripción de los diversos intentos de Teología política surgidos en los 1000 años de hegemonía cristiana en Europa, demuestra palmariamente que el cristianismo no es esencialmente teocrático ni alienta el fanatismo: al contrario, las sociedades cristianas son el oasis cultural donde surgen las libertades civiles básicas. Así, la moral política cristiana no tiene, ni ha tenido, una fórmula política exclusiva, y mucho menos totalitaria. También vale la pena subrayar que, del fracaso de la Teología liberal protestante descrito en el libro, surge una posible lección: el vigor de la religiosidad natural, que basta para descartar como inhumanos todos los esquemas de sociología política que destierren la intervención de Dios en las conciencias de los ciudadanos, y su natural repercusión en estructuras públicas que defiendan esta riqueza antropológica.
Sin embargo, en la práctica, estos aspectos quedan olvidados. La argumentación de Lilla se dirige a una separación radical del ámbito de las creencias religiosas con la organización política que se encuadra –según las propias palabras del autor- en la filosofía política de Hobbes. En este sentido, resulta un tanto paradójico que Lilla se adhiera al postulado del progreso filosófico para negar que los autores medievales puedan contribuir al debate, o para descartar una metafísica de corte realista, a la vez que aconseja un retorno a Hobbes, Rousseau y Hegel en el modo de establecer “la Gran Separación” entre religión y política. Al menos, el autor no oculta que la postura hobbesiana resulta incompatible con el cristianismo; pero resulta difícil de entender que no perciba –habiendo en el libro indicios para ello- que la fe religiosa, por firme que sea como persuasión subjetiva, no implica coacción política o tiranía social; y que la libertad no proviene ni queda garantizada por el relativismo o la ambigüedad nocional, sino que hunde sus raíces en la voluntad libre. Voluntad que puede elegir entre las variadas soluciones de conducta política que la razón práctica descubre.
F.J. (2010)


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