
Es un ensayo ambicioso, provocador y, en cierto sentido, inquietante. Jeremy Rifkin parte de una idea sencilla pero poderosa: hemos vivido durante siglos creyendo que habitamos un “planeta tierra”, cuando en realidad nuestra existencia depende radicalmente del agua. A partir de ahí, construye una reinterpretación completa de la historia humana, la economía y la crisis climática, colocando la hidrosfera en el centro de todo.
El libro avanza como una llamada de alerta. No se limita a describir el cambio climático, sino que lo presenta como una transformación profunda del equilibrio del planeta: inundaciones, sequías, fenómenos extremos… no serían anomalías, sino signos de una “rebelión” del sistema natural ante el uso desordenado que el hombre ha hecho de él. Rifkin insiste en que la humanidad debe cambiar su mentalidad, sus estructuras políticas y su economía si quiere sobrevivir en este nuevo escenario.
Tiene fuerza, sin duda. Maneja ideas amplias, conecta historia, ciencia y filosofía, y logra transmitir urgencia. Pero también tiene límites claros: su estilo es más ideológico que analítico en varios momentos, tiende a exagerar escenarios y a simplificar responsabilidades. Además, su confianza en soluciones globales, tecnocráticas y en grandes rediseños sociales puede resultar discutible desde una perspectiva más prudente y realista.
Aun así, merece leerse. No porque tenga todas las respuestas —no las tiene—, sino porque obliga a replantearse preguntas esenciales: qué lugar ocupa el hombre en la creación, hasta dónde puede intervenir en ella y cuáles son los límites que no conviene traspasar. Predomina una visión ambientalista con tintes casi panteístas y una tendencia a diluir la centralidad del ser humano en la creación, lo que puede chocar con la antropología cristiana si no se matiza.