Pensamientos sobre el rostro de Jesús

Año: 
2011
Género: 
Público: 
Editorial: 
Palabra
Ciudad: 
Madrid
Año de publicación: 
2011
Páginas: 
80
Valoración moral: 
Género: Pensamiento
Sin inconvenientes.
Requiere conocimientos generales en la materia.
Lectores con formación específica en el tema.
Presenta errores doctrinales de cierta entidad.
El planteamiento general o sus tesis centrales son ambiguos o se oponen a las enseñanzas de la Iglesia.
La obra es incompatible con la doctrina católica.
Calidad literaria: 
Recomendable: 
Transmite valores: 
Contenido sexual: 
Contenido violento: 
Lenguaje vulgar u obsceno: 
Ideas contrarias a la doctrina de la Iglesia: 
La calificación de las distintas categorías proviene de la opinión de los colaboradores de Delibris

La existencia de Benedicto XVI fue una vida gastada en buscar el rostro de Jesús. Con la certeza que nos da la fe podemos asegurar que lo ha encontrado ya en la eternidad y desde allí nos ayuda a seguir ese camino. Este pequeño libro cobra realce con el reciente fallecimiento de nuestro querido papa emérito. Meditando su pensamiento sobre el rostro de Jesús quizá lograremos arrancarle otra sonrisa desde el cielo. Es una obra magnífica para hacer oración.

Se trata de una selección de pensamientos realizada por la Libreria Editrice Vaticana y publicada en castellano por la editorial Palabra. Está estructurada en 9 capítulos temáticos. Al final incluye un índice analítico muy completo y útil para el lector. Los títulos de cada apartado son elocuentes. Buscad siempre su rostro. Jesús, rostro de Dios. El rostro de la Pasión. María, madre del santo rostro. La Iglesia, rostro de Cristo. El rostro de Cristo reflejado en nuestras vidas. El rostro de Cristo reflejado en el rostro de los sufrientes y de los excluidos. El rostro de Cristo reflejado en el rostro de los santos. Oración al santo rostro. 

El papa Benedicto XVI considera el rostro de Cristo como felicidad, esperanza y verdad para el hombre. La felicidad a que todo ser humano aspira. La esperanza indispensable para poder vivir. La verdad que toda persona busca. Por eso no dejamos de asombrarnos ante la grandeza de Dios que se comunica con el hombre por medio de un rostro, el de su Hijo. Se comunica con el hombre, como mejor lo va a entender; con su mismo lenguaje, gestos, sufrimientos, alegrías, miserias. 

La búsqueda del rostro de Jesús es inagotable y se prolonga en la eternidad. Es la alegría de buscar y a la vez la alegría de encontrar. Jesús manifiesta el rostro del Padre, pues es su revelación, el que nos hace conocer cómo es el Padre. Es un rostro misericordioso, un rostro del perdón y del amor, el rostro del encuentro con nosotros. Es Dios que por amor se inclina sobre el hombre dejándose herir a su vez para curar sus heridas. El rostro del amor que transforma el mundo como el grano de trigo que cae en tierra. En el rostro de Cristo está inscrita también la imagen de la cruz, como signo de la verdadera transformación del hombre, de su hacerse semejante a él, sobre todo en la capacidad de sufrir y de amar. 

La belleza de la eternidad consiste en que no es una realidad estática, sino un progreso inmenso en la búsqueda del rostro de Dios. La belleza del Creador está concentrada en el rostro de Jesucristo. Nos toca a cada uno redescubrir a Dios como sentido y fundamento de toda criatura, luz de verdad, llama de caridad, vínculo de unidad. El asombro une comprensión y amor. Si no tiene la medida del Dios verdadero, si no lo conoce de forma profunda y personal el hombre se autodestruye. 

La paradoja cristiana es que Dios se ha revelado en la humildad, en la pobreza, en la ignominia. Este ocultamiento constituye la manifestación más elocuente de Dios. Es tan grande que se puede permitir hacerse muy pequeño. Nos ama hasta el punto de dejarse clavar en la cruz, para llevar los sufrimientos de la humanidad hasta el corazón de Dios. Este Dios es la única respuesta a todos los desafíos de este tiempo. Por eso el corazón y la mente han de estar fijos en el rostro de Cristo. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. 

En el rostro de María más que en cualquier otra criatura se ven los rasgos del Verbo encarnado. Ella nos conduce a contemplar el rostro de Cristo: rostro gozoso, luminoso, doloroso y glorioso. El alma y la energía secreta de la Iglesia, y la fuente de toda eficacia apostólica es la contemplación y relación viva y diaria con Cristo. Donde se puede vivir plenamente esa relación es en la Eucaristía, que nos invita a una peregrinación interior que se llama adoración. La misión del cristiano es dar a conocer y experimentar el rostro misericordioso del Padre celestial. Recomiendo ampliamente su lectura y meditación.

Autor: Marcela Navarro Hernández, México
Fecha de actualización: Ene 2023