
Ensayo del filósofo y escritor francés, uno de los Nouveaux philosophes de los años 70, Pascal Bruckner (1948), nos trae a la memoria al también filósofo francés René Descartes (1596), con su famosa frase “Pienso, luego existo”, dándonos pistas del sustrato racionalista de ambos filósofos que, aunque distantes en el tiempo, utilizan la razón como su principal herramienta para hacer sus críticas y, en el caso de Bruckner, para analizar algo que efectivamente se observa en la sociedad actual: la tendencia a la victimización, haciendo que cualquier persona o grupo de las mismas que sea víctima de alguna desgracia de cualquier tipo pase a ser un héroe digno de asociarse a otros “héroes” que compartan el mismo sufrimiento, y exija a la sociedad un reconocimiento tanto honorífico como económico (como, por ejemplo, el movimiento woke, entre otros muchos).
El tema del ensayo es oportuno por ser de actual interés, que hay que reflexionar y tener en cuenta para no caer en la tendencia actual al victimismo malsano, tanto individual para la persona como para la sociedad en general.
El autor parte de lo que denomina “la patria común” de la victimización del sufrimiento humano: el relato de la Pasión de Jesucristo, en el que, con palabras del autor: “Jesús comparte su sufrimiento con todos los humillados de la Tierra y les ofrece el consuelo de la Cruz”, iniciándose así, con el cristianismo, la postura de que la víctima de cualquier desgracia o sufrimiento pasa a ser un héroe de su desgracia o trauma, lo que la hace digna de honor y reconocimiento como héroe, tanto a nivel de los gobiernos y países como de grupos particulares.
A partir de aquí, el texto inicia un recorrido histórico, político e ideológico, citando desde Agustín de Hipona, pasando por Martín Lutero, Nietzsche, etc., hasta nuestros días, con pensadores europeos y americanos del siglo XXI.
El libro está estructurado en tres partes: reflexiones sobre la Ilustración (en la que se defiende este espíritu contra lo que el autor considera ataques irracionales del pensamiento posmoderno actual); en la segunda, se profundiza extensamente en el Holocausto de los judíos como referencia histórico-jurídica capaz de recoger a “todos los mártires”, no solo del nazismo de Hitler, sino de las víctimas actuales de terrorismo o de gobiernos dictatoriales (Hamás, Putin, China, Serbia, Ucrania…, por mencionar solo algunos); y una tercera parte en la que se pretende alertar y aprender cómo se han abordado violaciones y atrocidades históricas de grupos concretos o de personas individuales, que entre otras formas o bien ocultan a sus verdugos o bien curan sus heridas “pasando página” estoicamente y, en el mejor de los casos, perdonando a sus verdugos.
La conclusión final, según el filósofo: “En pocas palabras, los pueblos o los grupos oprimidos no tienen más que un derecho que es sagrado: dejar de serlo”. Pero, en mi opinión, Bruckner no esboza ni plantea soluciones realistas a estas situaciones.
Es un ensayo denso, con el lenguaje claro y crítico habitual del escritor, de tono pesimista e inquietante, prolijo en referencias bibliográficas (muchas son de prensa), que ofrece algunas reflexiones de las que se pueden extraer ideas acertadas sobre el abuso o la tendencia actual a fomentar la autocompasión mal entendida ante cualquier sufrimiento o traumatismo, y que, por otra parte, podemos sufrir cualquiera. Hay que decir que también hay alguna cita confusa y no comprobada (por ejemplo, fue Hans Frank quien escribió una carta a Pío XII, no al revés).
En resumen, sin dejar de señalar las aportaciones positivas de Bruckner, como romper con el marxismo para defender los derechos individuales, criticar el capitalismo o el hedonismo, entre otras, hay que tener en cuenta que él se define a sí mismo como ateo o agnóstico, pero culturalmente cristiano; que aborda cualquier religión desde el punto de vista de la filosofía, la política y la sociología; que es defensor del laicismo estricto y el universalismo, y todo esto se deja entrever en el ensayo, lo que puede hacer más compleja su lectura y resultar ocasionalmente reiterativa y, en algún caso, ambigua o confusa para un lector no especializado en filosofía, antropología y/o sociología.
Concluyendo, en mi opinión el tema es de sumo interés, pero las reflexiones positivas son escasas y hay que captarlas dentro de un entramado cultural y filosófico exhaustivo sobre el sustrato ideológico del autor, que requiere del lector un nivel intelectual de cierta solidez para que no se quede en el sensacionalismo de algunos de los casos que presenta.
Por otra parte, se aprecian ciertos prejuicios y errores del autor sobre el cristianismo, y no se transmiten atisbos de trascendencia que pudieran hacer comprender mejor el problema que plantea el autor: cómo evitar el victimismo malsano en la tendencia de la sociedad y de la cultura actual.