
Es un ensayo que examina con lucidez un fenómeno incómodo: cómo sociedades que proclaman igualdad terminan generando desigualdades cada vez más profundas, no tanto por abuso directo, sino por la acumulación de decisiones bienintencionadas mal encauzadas. El autor, jurista de oficio, observa con mirada crítica el crecimiento del intervencionismo estatal, la hipertrofia normativa y la tecnificación de la vida pública, mostrando cómo, lejos de nivelar, estas dinámicas tienden a favorecer a quienes mejor saben moverse dentro del sistema.
La obra tiene un tono sobrio, analítico, casi clínico, pero no frío: se percibe una preocupación genuina por el debilitamiento de la responsabilidad personal, la erosión de las instituciones intermedias y la sustitución de la justicia por una idea abstracta de igualdad que termina siendo injusta. Hay aquí una defensa implícita de la prudencia política, de los límites del poder y de una visión más clásica del derecho como garante del orden y no como instrumento de ingeniería social.
Vale la pena leerlo porque obliga a pensar con seriedad, sin consignas, sobre un tema que suele tratarse con simplismos. No es un libro de soluciones fáciles; más bien desmonta certezas cómodas. Como limitación, puede resultar denso para quien no esté familiarizado con el lenguaje jurídico, y en algunos pasajes se echa de menos una propuesta más concreta que acompañe el diagnóstico, que es muy sólido.