
Este libro ofrece una maravillosa visión sobre un concepto desarrollado en la civilización occidental: la relación entre fe y la razón. Gregg enseña cómo esta clave fue ya buscada por los griegos, encontrada por la cultura judeocristiana y perdida progresivamente durante la Ilustración. Examina qué ocurre cuando se separan.
Empieza con "El discurso que sacudió al mundo": el discurso de Ratisbona del Papa Benedicto en 2006, en el que Ratzinger advirtió del peligro de la disociación de la fe y la razón. Muestras como los desastres de la historia reciente de Occidente son el fruto amargo de esa crisis.
La civilización occidental comienza con una palabra y un concepto griegos: el logos, que se refiere al orden racional, que encarnamos en las palabras. Esto desembocó en especulaciones filosóficas. La irracionalidad de los dioses de la religión griega siempre obstaculizó seriamente la especulación filosófica. Muy diferente fue la religión de los judíos con su Dios que si es racional, y el advenimiento del cristianismo reveló plenamente las profundidades ocultas de esta racionalidad (el logos se hizo carne) y en la racionalidad de Dios se funda la racionalidad (y la libertad) del hombre. En el pensamiento de Santo Tomás de Aquino (1225-1274) esta síntesis de la fe y la razón se desarrolla de forma excelsa. Pero al mismo tiempo empezaron a aparecer importantes fisuras entre la fe y la razón como los averroístas latinos o los fideístas.
Y llega la Ilustración. El autor advierte al lector contra el rechazo del pensamiento ilustrado como anticristiano. Se esfuerza por señalar que gran parte del movimiento de la Ilustración era bastante compatible con el cristianismo, y cita al historiador Ulrich L. Lehner cuando dice que "sólo una pequeña parte de los ilustrados era antirreligiosa; la inmensa mayoría estaba interesada en encontrar una relación equilibrada entre la razón y la fe". Señala también el compromiso crítico de muchos intelectuales católicos con la Ilustración. También nos recuerda que no hubo una sola Ilustración, sino varias, y que diferían en su actitud hacia la fe.
También hace referencia a la obra de ingleses como Francis Bacon, Isaac Newton y John Locke que, aunque no comparte la animadversión francesa contra el cristianismo, marcan un decidido alejamiento de la especulación metafísica en favor de la utilidad y de lo empírico y preparan así el camino al cientificismo y a las dos grandes ideologías laicistas del siglo XIX: El marxismo y el liberalismo. Irónicamente, aunque estos dos sistemas están precedidos por un rechazo a la religión (aunque de forma mucho más virulenta en el marxismo), Gregg señala el carácter casi religioso de ambos:
Al igual que el judaísmo y el cristianismo, el marxismo tiene su propio canon de libros sagrados -las obras de Marx, Engels y Lenin, entre otros- que sus adherentes estudian como los judíos y los cristianos estudian las escrituras. Los marxistas se adhieren a una organización parecida a una iglesia -el Partido- con sus propios fieles (los miembros del partido), su jerarquía clerical (el Comité Central, el Politburó, el secretario general), sus teólogos (los teóricos marxistas), sus santos (el Che Guevara o Lenin, cuyo cuerpo embalsamado se venera en un santuario) y sus doctrinas, de las que los miembros del partido no pueden apartarse sin comprometer su ortodoxia.
Y llega Nietzsche: con la desaparición de Dios desaparece también cualquier pretensión de verdad objetiva (que considera un engaño para el rebaño), y lo único que nos queda es la voluntad, y en particular la voluntad de poder. En cierto sentido, Nietzsche marca la culminación de la patología racionalista derivada de la disociación de la fe y la razón. El lado de la fe de este binomio tiene una patología propia: el fideísmo. En el capítulo cinco, Gregg analiza los orígenes y las implicaciones del fideísmo que ha llegado a dominar (como advierte Ratzinger en este discurso de Ratisbona) el mayor bastión mundial del fideísmo que es el Islam. La actitud correcta de la humanidad es la de sumisión ("Islam" significa sumisión), entonces el poder político se concibe de forma similar como despótico sobre una población sumisa.
Gregg no pierde la esperanza en la civilización occidental. La decadencia, piensa, "no es ineludible". Considera que quienes conciben una razón cerrada a la fe deben reconocer que esta visión creó a Marx y al cientificismo, con toda la destrucción que han provocado en el mundo. Por otra parte, los que simpatizan con la fe deben reconocer que la Ilustración ha sido parte de un baluarte contra el tipo de fideísmo que ha llegado a dominar el mundo islámico. Pero sobre todo no habrá recuperación sin el redescubrimiento de lo que hizo la civilización occidental en primer lugar: la interacción de la fe y la razón. "Sin el Logos, Occidente está perdido".