
El tono de esta obra es fantasmagórico, kafkiano: el instructor de encuesta llega a una ciudad sin nombre y debe establecer el sumario de numerosos suicidios que han tenido lugar en una gran empresa, cuyo nombre tampoco se indica. Desde el primer momento todo se vuelve en contra suya: llueve, no encuentra hotel, tiene retraso. No da paso adelante alguno en su investigación, las conversaciones con empleados delatan miedo y sumisión. Había llegado seguro de si mismo, pero cada vez duda más de sí.
Es una parábola de la deshumanización de la persona en el mundo moderno, escrita con trazos gruesos: la vida no tiene sentido, no hay sitio para Dios (se le menciona de paso como una hipótesis ya no aplicable) ni hay infierno (un truco antiguo desgastado). Algunas descripciones (por ejemplo un repertorio de modos de torturar) son crudas, buscadamente desagradables. El ambiente de la obra contrasta con una concepción cristiana de la vida, con un Dios providente y redentor.
F.B. (Suiza, 2017)