Sugerencias para el verano

Martes nueve de junio, poco antes de la cena, recibo un mensaje de un amigo que vive en otro país, en el que me pide que le sugiera alguna novela. A vuela pluma, y teniendo en cuenta sus preferencias, le remito los siguientes títulos: El agente secreto de Joseph Conrad; Cristina, hija de Lavrans de Sigrid Undset; Una letra femenina azul pálido de Franz Werfel; Un puente sobre el Drina de Ivo Andrić; La marcha Radetzky de Joseph Roth; y La comedia humana de William Saroyan. A la mañana siguiente, recibo un mensaje en el que me dice que los ha leído todos excepto el de Conrad. Me alegro y, en la respuesta, le sugiero otras novelas: Adam Bede y El molino del Floss de George Eliot; La edad de la inocencia de Edith Wharton; Mi Ántonia de Willa Cather; El jardín de los Finzi-Contini de Giorgio Bassani; y El alcalde de Casterbridge de Thomas Hardy.

Después, he salido de casa y he cogido el metro para llegar al trabajo. A esta hora temprana, iba bastante lleno, pero la mañana ha comenzado bien, porque, en el vagón en el que he entrado, dos personas estaban enfrascadas en la lectura de sendos libros en papel y, a pesar de las apreturas, he podido sacar de mi cartera la obra de teatro de Oscar Wilde que estoy leyendo.

Por la tarde, he recibido la respuesta de mi amigo, en la que afirma que, de las segundas sugerencias que le he enviado, ha leído los textos de Willa Cather y de Thomas Hardy y que los demás títulos los conocía, pero no los ha leído. Los mensajes se cierran de momento con la promesa de seguir intercambiando pareceres sobre libros.

De todos modos, en previsión por si hubiera leído también todos o casi todos los de la segunda lista remitida, había anotado en un papel otros títulos interesantes, que espero sugerirle más adelante: Mary Barton de Elizabeth Gaskell; Middlemarch y Silas Marner de George Eliot; La ilustre casa de Ramires de Eça de Queirós; El puente de San Luis Rey de Thornton Wilder; Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes; Las lanzas coloradas de Arturo Uslar Pietri; La muerte llama al arzobispo de Willa Cather…

He reflexionado, después de haber contestado a mi amigo Nicolás, sobre el bien que nos hace la lectura de buenos libros, cuánto he disfrutado leyéndolos y cuánto ayuda hablar sobre libros, aconsejar, recibir sugerencias, compartir. Y un consejo: no hay que salir a la calle sin un libro, por lo que pueda pasar (un atasco, una cola, una sala de espera…).

Luis Ramoneda, España