Historias de largo recorrido

El principal reto del periodismo es hacer justicia a los acontecimientos. Se trata de una aspiración que condensa de algún modo todas las demás, incluida la de proporcionar elementos de juicio a la ciudadanía para que pueda ejercer mejor su libertad. Pero ocurre a veces que los acontecimientos desbordan las posibilidades de un periódico o de una emisora o de una web, y es necesario emplear otros formatos ―los libros, por ejemplo― para contarlos del mejor modo posible.

Truman Capote, Tom Wolfe y otros representantes del “nuevo periodismo” propusieron hace medio siglo la expresión “novelas de no ficción” para referirse a esos relatos periodísticos de largo recorrido escritos con las técnicas y las posibilidades de la novela. El propio Capote es responsable de una de las piezas fundacionales del género: A sangre fría (1966), que reconstruye el asesinato de la familia Clutter ―el matrimonio y dos hijos de 15 y 16 años― en Holcomb, una pequeña y pacífica localidad de Kansas. Capote acabó incluso entrevistando a los autores del crimen, Dick Hickock y Perry Smith, que fueron detenidos en 1965 y ejecutados cinco años después.

Otro caso emblemático es ¡Viven!, la crónica de un suceso que conmovió al mundo durante los últimos meses de 1972. El avión que llevaba a los miembros de un equipo uruguayo de rugby y a algunos amigos y familiares se estrelló el 13 de octubre en los Andes, a 3.600 metros de altitud, en un remoto rincón rodeado de montañas. Casi una tercera parte de los 45 pasajeros murió a consecuencia del impacto. Los supervivientes debieron hacer frente durante 72 días a adversidades insospechadas, incluido un alud que se cobró otras ocho vidas. Malvivían apretados entre los restos del fuselaje y se alimentaron de los cadáveres de sus compañeros. Cuando después de varias semanas escucharon por la radio que se suspendían las labores de búsqueda, dos de ellos, Fernando Parrado y Roberto Cannesa, emprendieron una travesía de varias jornadas a través de la cordillera hasta que lograron localizar a un arriero chileno, Sergio Catalán, que hizo llegar la noticia al mundo. Los 16 supervivientes optaron por contar su epopeya a un único periodista, Piers Paul Read, que la publicó en abril de 1974. Desde entonces han aparecido al menos otros siete libros sobre el acontecimiento, y se han estrenado varias películas. La mejor es la de Frank Marshall, de 1993.

La historia de Mal de altura también transcurre en un escenario de nieves perpetuas rodeado de montañas. Es la crónica de una de las mayores tragedias del alpinismo. Su autor, el periodista Jon Krakauer, ya había escrito algunos reportajes sobre su experiencia en la montaña cuando en 1996 la revista Outside le propuso incorporarse a una expedición comercial al Everest. El atractivo del pico más alto de la Tierra había ido contaminando con intereses mercantiles el espíritu deportivo y magnánimo de las expediciones, y el cometido de Krakauer consistía justamente en contar desde dentro cómo era la convivencia entre ‘montañeros’ que pagaban grandes sumas de dinero para tratar de llegar a la cumbre con la ayuda de guías, porteadores de altura y oxígeno artificial. Él practicaba un alpinismo más auténtico y reservado, pero la posibilidad de hollar el Everest se impuso a sus prejuicios y se sumó al grupo de la empresa Adventure Consultants, dirigida por Rob Hall. El rumbo más o menos previsible de su crónica cambió por completo cuando el 10 de mayo de 1996 se desató una tormenta alrededor de la cumbre de la montaña y acabaron muriendo doce montañeros. Jon Krakauer había hecho cima poco antes y logró salvarse. El reportaje que tenía previsto escribir se convirtió en una tragedia de proporciones sobrecogedoras. El libro que completo el reportaje de la revista Outside fue finalista en los Premios Pulitzer de 1998.

Uno de los guías implicados en el suceso, Anatoli Boukreev, descontento con el relato de Krakauer, publicó en otro libro su versión de los hechos. Se titula La escalada y lo completó con ayuda del escritor Gary Weston DeWalt en 1997.

Jon Krakauer ya había escrito en 1995 Hacia rutas salvajes, un libro que reconstruye la historia de Christopher McCandless, un joven de familia acomodada que en 1990, después de haberse graduado en una universidad de Atlanta, emprendió un viaje solitario del que no dijo nada a nadie. Trabajó en el campo en Arizona, California y Dakota del Sur, y después se encaminó a Alaska, donde pretendía vivir en la naturaleza, probándose a sí mismo. Su cadáver fue encontrado en agosto de 1992 cerca del parque nacional Denali. Como en el caso de Mal de altura, la crónica de sus peripecias fue primero un reportaje y después un libro. En ambos casos hay película.

Otra gélida epopeya que ha merecido libro y película ―documental, más bien― es la expedición que sir Ernest Shackleton promovió con el propósito de atravesar por tierra la Antártida cuatro años después de que Amundsen hubiera llegado al Polo Sur. El grupo partió de Inglaterra el 5 de diciembre de 1914, pero el Endurance, el barco en el que viajaban, quedó atrapado en el hielo del mar de Wedell  y los 27 hombres de la tripulación tuvieron que organizarse para sobrevivir y llegar por sus propios medios hasta una base ballenera de Georgia del Sur, un año y medio después. El modo en el que Shackleton organizó a sus hombres para mantener la necesaria tensión aprovechando los talentos y capacidades de cada uno es una estrategia que hoy se estudia en algunas escuelas de negocios. No murió nadie. El libro que relata la historia se debe a Caroline Alexander y tiene un título casi obligado: Atrapados en el hielo.

Escribió una vez el periodista y escritor español Arcadi Espada que en algunas iniciativas que se han promovido en Estados Unidos para elegir los mejores reportajes de la historia, la única emoción consiste en ver quién ocupa el segundo lugar. El primero es invariablemente para John Hersey, que en la primavera de 1946 viajó a Hiroshima para tratar de contar las consecuencias de la explosión atómica que ya entonces había causado cerca de 100.000 muertos. Hersey, que trabajaba para la revista The New Yorker, compuso su historia trenzando los recuerdos minuciosos de seis supervivientes. Su relato de 31.000 palabras vio inicialmente la luz en la revista en agosto de 1946, pero se publicó poco después en forma de libro. “Encontramos difícil de concebir cualquier otro escrito que pudiera ser más importante en este momento para la raza humana”, escribieron los responsables del Club del Libro del Mes en la edición gratuita que hicieron para sus suscriptores.

Otra aportación memorable de la revista The New Yorker fue la crónica de Hannah Arendt sobre el juicio a Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalén en 1960. Eichmann había sido uno de los principales responsables logísticos del Holocausto que causó la muerte a unos seis millones de judíos. Logró salir de Europa al terminar la guerra, pero en mayo de 1960 fue localizado y secuestrado por el Mosad en Argentina, y conducido clandestinamente a Israel, donde fue acusado de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y crímenes contra la población judía. Lo condenaron a muerte y fue ejecutado el 1 de junio de 1962. La filósofa y escritora Hannah Arendt asistió a la vista oral y escribió “un ensayo sobre la banalidad del mal”, por resumirlo con las palabras de su propio subtítulo. En el juicio testificaron algunos supervivientes, dando origen a lo que en algunos foros académicos relacionados con la historia reciente se ha llamado “la era de las víctimas”.

Las víctimas tienen asimismo un protagonismo destacado en Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez. El libro se publicó en 1996, en plena época de lo que algunos han llamado “narcoterrorismo”, y reconstruye la vida con frecuencia monótona de siete secuestrados y la angustia y la impotencia de sus familias, en una Colombia oscurecida por la sombra ominosa de Pablo Escobar. El autor ya había manifestado 25 años antes su deseo de probarse en el género de la novela de no ficción. Lo confesó en una entrevista citada por la escritora Marta Rivera de la Cruz: “...quiero hacer otra cosa: reportajes novelados. Un poco a la manera de lo que ha hecho Truman Capote pero ¿cómo decirte? menos preparado y efectista?”. Noticia de un secuestro cerraba el círculo que el Nobel colombiano empezó a dibujar en 1955 cuando publicó por entregas en El espectador la odisea de Luis Alejandro Velasco Sánchez, un marinero que cayó al mar desde el Caldas, un buque militar, y permaneció diez días a la deriva asediado por el hambre, los espejismos, las nostalgias y los tiburones. “Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”, se lee en la contraportada del libro, publicado en 1970 con el título que lo haría famoso: Relato de un náugrafo.

Algunos acontecimientos relevantes exigen llevar la investigación hasta los últimos pliegues del alma de sus protagonistas. Emmanuel Carrére lo intentó en El Adversario (2000), un libro que se adentra en la historia y en la personalidad inquietante de Jean Claude Romand, que en 1993 mató a sus padres, a su esposa y a sus dos hijos de corta edad cuando ya parecía inevitable que se descubriera la doble vida que había llevado hasta entonces, haciéndose pasar por un licenciado en Medicina que trabajaba para la OMS. Francia quedó hondamente conmocionada con los crímenes. Carrére escribió a la cárcel a Romand y acabaron estableciendo una relación epistolar que se volvió más estrecha con ocasión del juicio. Romand fue condenado a cadena perpetua en 1996. Obtuvo la libertad condicional en junio de 2019, después de 26 años en prisión.

Un caso similar aparece relatado en La casa de los lamentos (2018), de Helen Garner. El libro es en el fondo una crónica de tribunales: la del juicio a Robert Farquharson, un padre de familia aparentemente honrado y tranquilo, vecino de Winchelsea (Australia), que el 4 de septiembre de 2005, cuando viajaba en coche con sus tres hijos de corta edad, se precipitó a un lago con el vehículo. Él logró salvarse, pero los tres pequeños murieron ahogados. Farquharson se había divorciado poco antes y aunque él adujo que se había desvanecido al volante, pronto recayó sobre él la acusación de asesinato. La veterana periodista Helen Garner asiste al juicio con su sobrina y va describiendo sus impresiones, que oscilan honradamente entre una posibilidad y otra ―un accidente o un crimen― en función de lo que van contando al tribunal los distintos testigos y peritos.

Las dos versiones que frecuencia obtenemos de muchos sucesos o personas son el hilo conductor de El secreto de Joe Gould (1964), de Joseph Mitchell, que también había trabajado para The New Yorker escribiendo perfiles de personajes “variados y exóticos”. En 1942 descubrió a Joe Gould, un mendigo de Nueva York que procedía de una familia acomodada de Massachusetts y se había licenciado en Harvard antes de arruinarse. Gould era un mendigo atípico: tomaba notas de cuanto sucedía a su alrededor con la aspiración de componer una obra monumental, “La historia oral de nuestro tiempo”. Joseph Mitchell escribió un extenso perfil sobre el singular vagabundo y lo publicó en The New Yorker con el título de El profesor Gaviota. Pero años después descubrió que Gould también tenía su trastienda y elaboró una segunda semblanza que vio la luz en 1964. El libro está formado por los dos textos.

Hay muchos otros personajes sorprendentes que han permitido alumbrar grandes relatos de no ficción. Uno de ellos es Juan Martínez, un bailarín español que se ganaba la vida bailando por distintas ciudades del Este europeo con “la Sole”, su pareja. Los dos se encontraban en Rusia cuando estalló la revolución de 1917 y vivieron y padecieron en primera persona los acontecimientos de aquellos meses convulsos en San Petersburgo, Moscú o Kiev. El periodista Manuel Chaves Nogales conoció años después en París a Juan Martínez y escribió a partir de su relato el libro El maestro Juan Martínez que estaba allí.

Otro escritor español, Javier Cercas, autor de Anatomía de un instante ―una crónica documentada y sugerente del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 centrada en la figura ya crepuscular de Adolfo Suárez­― reconoce en el prólogo que inicialmente había pensado escribir una novela en torno a lo ocurrido, pero que una vez reunida a información, la realidad iba a resultar mucho más atractiva. 

 

Javier Marrodán
Enero 2020