El milagro navideño de Jean-Paul Sartre

Tanto el libreto de Barioná como las circunstancias de su composición y puesta en escena son un auténtico milagro. En noviembre de 1940 algunos sacerdotes del Stalag 12D, un campo nazi próximo a Tréveris, obtuvieron permiso para celebrar la Misa del Gallo en uno de los barracones. Entre los 15.000 prisioneros se encontraba Jean-Paul Sartre, ya entonces un escritor conocido y prestigioso. Se había incorporado al Ejército francés como meteorólogo y fue detenido en Padoux cuando los alemanes ocuparon Francia. También él quiso contribuir a la celebración y se ofreció a componer y representar una obra de teatro sobre la Navidad. Tenía 35 años, había publicado ya La náusea, estaba escribiendo El ser y la nada, era un ateo «oficial» y organizaba cursos sobre Heidegger y el existencialismo para sus compañeros de cautiverio.

Jean-Paul Sartre preparó Barioná, el hijo del trueno en seis semanas: redactó una historia de gran hondura teológica, repartió los papeles, dirigió los ensayos, coordinó la puesta en escena, supervisó el vestuario y los decorados, eligió algunos villancicos para las escenas finales y tuvo todo listo para la medianoche del 24 de diciembre. Él haría de Baltasar, uno de los personajes principales. En una edición tardía del libreto quiso aclarar que su compromiso con la iniciativa no quería decir que «la dirección» de su pensamiento hubiese cambiado «siquiera un momento» durante el cautiverio: «Se trataba simplemente, de acuerdo con los sacerdotes prisioneros, de encontrar un tema que pudiera hacer realidad esa noche de Navidad, la unión más amplia entre cristianos y no creyentes».

Barioná es el líder de los judíos de Bethsur, una aldea próxima a Belén que sufre las imposiciones desmedidas y crecientes de Roma. A la vista del futuro imposible que les aguarda, propone a sus paisanos que no tengan más hijos: la extinción del pueblo es la única forma de combatir a los romanos: «Estamos encadenados a nuestra roca como viejas águilas sarnosas. Los que todavía son jóvenes de cuerpo han envejecido en el alma y su corazón está duro como una piedra porque no esperan nada desde su infancia. No esperan nada, salvo la muerte […] La vida es una derrota, nadie sale victorioso, todo el mundo resulta vencido; todo ha ocurrido siempre para mal y la mayor locura del mundo es la esperanza».
El desconcierto que produce su propuesta se ve eclipsado unas páginas más adelante por el relato de unos pastores que aseguran que un ángel les ha anunciado el nacimiento del Mesías en un establo próximo.

Barioná recibe la noticia con escepticismo: es un hombre sin esperanza, derrotado, sin ninguna ilusión por el futuro. Ni siquiera el embarazo de su esposa Sara alivia sus pensamientos sombríos y pesimistas. También él había anhelado la aparición del Mesías, pero no la de un niño desvalido.

«Si un Dios se hubiese hecho hombre por mí —le confiesa al procurador Lelius—, le amaría excluyendo a todos los demás, habría entre Él y yo algo así como un lazo de sangre, y no tendría vida suficiente para demostrarle mi agradecimiento: no soy un ingrato. Pero, ¿qué Dios sería suficientemente loco para eso?».

Baltasar le explica con paciencia que Dios ha bajado a la Tierra por él, que realmente ha querido llevar a cabo esa locura, aunque le cueste creerlo. Por eso, cualquier hombre es ya mucho más de lo que aspiraba a ser. El nacimiento de Jesús es causa de esperanza y confiere al sufrimiento su verdadero sentido. «Para aquel que espera, todo serán sonrisas y el mundo le será dado como un regalo», le dice.

Vuelven a encontrarse al final del libreto, cuando ya muchos vecinos de la zona se han reunido jubilosos en Belén. «Descubrirás —le insiste Baltasar— esa verdad que Cristo ha venido a enseñarte y que tú sabías: que tú no eres tu sufrimiento. Hagas lo que hagas y lo afrontes como lo afrontes, lo sobrepasas infinitamente, porque no puede ser más que lo tú quieres que sea […]. Todo lo que está más allá de tu lote de sufrimiento y más allá de tus preocupaciones, todo eso, te pertenece. Todo. Todo lo que es ligero, es decir, el mundo entero. El mundo y tú mismo, Barioná, porque todo tú eres un don gratuito a perpetuidad»

Debió de ser muy emocionante escuchar cómo Jean-Paul Sartre exponía los argumentos entrecomillados y enarbolaba la bandera de la esperanza frente a los cientos de prisioneros que asistían a la representación en un barracón infame del Stalag 12D. Algunos internos se convirtieron y otros recordaban «claramente» años después las palabras de Sartre-Baltasar sobre el sufrimiento y la grandeza de la redención, según tienen documentado Charles Moeller y José Ángel Agejas.

Aquella Nochebuena de 1940 Sartre añadió al gran misterio de la Navidad el misterio no pequeño de su propia vida. Con la ayuda de Baltasar, eso sí.