Día del libro

Un libro es un objeto curioso. A veces es como una ventana por la que se cuelan los últimos rayos del sol antes de la noche para iluminar una antigua foto de familia en un olvidado rincón de la casa: en una página encontramos, de pronto, nuestros propios recuerdos. Otras veces, es ese mismo rayo de luz que nos permite ver el camino que se aleja de nuestra morada y nos acompaña hacia un futuro incierto. Como la marea, que va subiendo poco a poco por la ancha playa, así también la lectura de un buen libro nos va llenando pacientemente el alma. Pero también existen libros que son como una piedra que nos cae, de improviso, en la cabeza y nos deja un eco interior durante semanas; pocas palabras bastan para quebrar la mirada más petrificada.

En las noches de insomnio los libros son las únicas tablas que nos mantienen a flote en un océano agitado, porque son los sueños de los que están despiertos. Y cuando dormimos nos vigilan desde las repisas de nuestras habitaciones y dejan caer sobre nuestros rostros sus alegrías y sus inquietudes. Como por un puente que está a punto de caerse, así también avanzamos con cuidado por sus páginas hasta llegar a otra vida que sabemos que no nos pertenece y que, sin embargo, percibimos demasiado cercana. Un libro son gestos, respiración y latidos. Los libros son canciones que aprendimos de pequeños y que tarareamos para convencernos de que seguimos siendo los de siempre: cada libro nos asegura que estamos vivos. Pero también existen libros que se levantan ante nuestros ojos como sombras espesas que nos revelan en sus figuras lo mucho que hemos cambiado: cada libro es un paso hacia la muerte.

El niño lee cada letra con todo su corazón y esfuerzo, como si de la lectura dependiera su crecimiento; a los más mayores se les van cerrando paulatinamente los ojos mientras leen, por lo que cada libro es una emocionante despedida. En diez minutos caprichosos podemos observar fijamente una pared desgastada o recorrer sin rumbo los recónditos laberintos que se esconden en el interior de un móvil, pero quizás solo una conversación sincera o un libro tímido y silencioso puedan convertir ese tiempo vacío en una eternidad duradera.

Algunos libros nos llevan a los abismos de la tierra, mientras otros nos conducen hasta las más elevadas esferas del Cielo. Con algunos hablamos con los animales y con otros escuchamos la misma voz de Dios. Los libros son ciudades en las que nos conocemos todas las personas, porque son los mejores escondites de nuestros secretos. Son a ratos amigos sinceros, pero pueden también convertirse en enemigos para siempre. Algunos nos sonríen y otros nos sacan lágrimas. Un libro muchas veces nos conoce mejor que nosotros mismos, aunque intuimos que, en el fondo, envidia nuestras vidas. Cada biografía es un libro y cada libro tiene su propia biografía. Pero no vale la pena dar la vida por un libro, aunque leer un buen libro puede valer la pena para toda la vida.

Sí, un libro es un objeto curioso. Pero quizás sea más curioso todavía no sentir ninguna curiosidad por los libros. 

 

Gaspar Brahm, Chile

23 de abril de 2021