
Licenciado en Psicología, cuando publicó este libro el autor trabajaba profesionalmente en el Instituto Municipal de Psiquiatría de Barcelona. Su experiencia profesional se refleja claramente en las conclusiones de este ensayo sobre las repercusiones de los videojuegos en el comportamiento de los jóvenes. Podrían resumirse en una tesis un tanto sorprendente: la influencia de la pequeña pantalla en la educación infantil es menor de lo estimado comúnmente. Los presuntos efectos perversos sobre los consumidores de videojuegos se deberían más a las condiciones personales anteriores a su uso, y no tanto a efectos malos causados directamente por los videojuegos. Por lo general, los juegos de ordenador serían algo positivo, por ejemplo, estimulan la inteligencia en un discreto porcentaje, y sería preferible que, para evitar el estímulo rebelde hacia lo que está prohibido, los adultos regulen su uso con dominio político y no despótico.
Sobre algunas opiniones del autor acerca de la regulación familiar del uso de los videojuegos, el texto es demasiado indulgente: la abundancia de violencia y pornografía en este mercado es mucho mayor de lo que estima.