
Collins no aborda la ceguera desde el punto de vista ideal o sentimental, sino tal y como es en la realidad. Cada vez que la protagonista (la pobre señorita Finch) actúa o habla en estas páginas y hace referencia a su ceguera, lo hace como las personas aquejadas por su misma dolencia. El autor suscribe de todo corazón "ese artículo de fe" según el cual las condiciones de la felicidad humana son independientes de las desgracias físicas, y sostiene que incluso es posible que las desgracias físicas se puedan contar por sí mismas entre los ingredientes de la felicidad. Esa es la impresión que espera dejar en el ánimo de la lectora y del lector una vez cierre el libro al llegar al final. Esta "revelación" adquiere una mayor tensión gracias a la narradora: una francesa revolucionaria dedicada "al sagrado deber de derrocar tiranos". Al arruinarse en ese intento, la búsqueda de un empleo le llevó a trabajar en la casa de un pastor anglicano, situada en una perdida aldea inglesa, como dama de compañía de la pobre señorita Finch. Todo muy collinsiano.