
Haidt es conocido por sus estudios sociológicos. En este caso, analiza la moral de la sociedad estadounidense, que algo tiene de la nuestra, a través de la psicología cultural. El autor se define ateo evolucionista y se apoya en lo que denomina la teoría de los fundamentos morales, donde distingue seis “sistemas psicológicos” que cumplen los fundamentos morales universales de las muchas “matrices morales” que se encuentran en el mundo.
“Los sistemas morales son conjuntos de valores, virtudes, normas, prácticas, identidades, instituciones, tecnologías y mecanismos psicológicos evolucionados que trabajan juntos para suprimir o regular el interés propio y hacer posible las sociedades cooperativas”.
Es una concepción funcionalista, pues define la moralidad por lo que hace y por lo que es visible en la sociedad. En ningún momento habla de virtudes o pecados; eso no le interesa, como tampoco le interesa la moral personal.
Distingue una serie de subsistemas que imperan en dos sentidos contrapuestos: cuidado/daño; equidad/engaño; lealtad/traición; autoridad/subversión y santidad/degradación. A partir de aquí, construye su sociología moral y política: entre los progresistas predominan unos y entre los conservadores, otros.
La religión es otra estructura social, siguiendo, sobre todo, a Durkheim y a Wilson, quien fusionó las ideas de Darwin y Durkheim. El evolucionismo de Haidt es limitado, pues sabe de las consecuencias totalitarias del darwinismo social.
El libro es amplio, toca muchos temas y muy diversos, para concluir que no hay actos buenos y malos, pues todo se basa en una mente diseñada para la justicia grupal. La moral es, siguiendo a Hume, intuitiva: son los instintos los que impulsan el razonamiento estratégico, y eso explica la dificultad de conectar con aquellos que viven en otras “matrices morales”, apoyadas en bases morales diferentes.