
Avery ya ha cumplido los dieciocho años. Ya se lleva bien con los cuatro hermanos Hathworne, y quedan pocos días para que se cumpla la otra obligación que le impuso Tobias para recibir la herencia: llegar a vivir un año entero en la casa Hathworne. Pero cuando parecía que ya estaba todo solucionado, un nuevo problema vino a llamar a su puerta: una persona que no conocíamos hasta ahora se presenta en la casa, con un problema nuevo, que finalmente habrá de ser resuelto como todos los conflictos Hathworne: un nuevo acertijo, un puzle que resolver, un enigma que solucionar, un juego al que tienen que jugar. Y esta vez estarán sobre la mesa los cuarenta mil millones de la herencia.
La autora quiere terminar la trilogía "Una herencia en juego" (tras Una herencia en juego y El legado Hathworne) con una jugada maestra, un redoble de tambores que retuerza aún más los acertijos de los dos libros anteriores. La postura es inteligente, pero con demasiados fuegos artificiales. Gustará a quienes hayan leído los dos libros anteriores, aunque hace un final en parte mejorable. Los protagonistas siguen siendo los mismos, con un par de añadidos. Sigue teniendo los mismos inconvenientes ya reseñados: se cita que algunos protagonistas duermen con sus respectivas parejas, y se mantiene la pareja de chicas lesbianas. Pero no se recrea en descripciones torpes, y además profundiza especialmente bien en la relación entre la protagonista y el Hathworne del que está enamorada.