
La experiencia de la soledad es tan universal como el hambre o la sed, pero, al afectarnos de manera más íntima, somos menos propensos a hablar de ella. Pero, ¿quién no ha sentido alguna vez el tormento de este dolor? El miedo a la soledad provoca angustia y lleva a actos imprudentes. Y esto es algo que ocurre a cualquier edad.
Ninguna voz es más insidiosa que la que susurra en nuestro oído: “Estás irremediablemente solo, y no hay luz que pueda penetrar tu oscuridad”. Sin embargo, la afirmación fundamental del cristianismo es que esa voz miente. La condición cristiana florece en la certeza de que la realidad última, la fuente de todo lo que existe, es una realidad personal de comunión, y no una abstracción metafísica.
Hombres y mujeres, creados “a imagen y semejanza de Dios”, llevan impresa en su ser la marca de esta comunión original. Cuando nuestras almas y cuerpos claman por Otro, esto no es un signo de enfermedad, sino de salud. Al guiarnos hacia esta comunión, la Escritura nos invita a recordar quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Este ejercicio de memoria al que estamos llamados es, por un lado, introspectivo y existencial, y por otro, histórico, porque el Dios que se hizo hombre para redimir nuestras soledades dejó su huella en la historia.
Este libro examina diferentes facetas de la memoria cristiana, complementando la exégesis bíblica con textos de la literatura antigua y moderna. Aunque pretende ser un ensayo teológico, también propone una reflexión bien fundamentada sobre lo que significa ser humano.