
La idea de fondo que desarrolla el autor es que la inteligencia y el amor deben presidir la convivencia; es una invitación a reflexionar antes de actuar en la relación con los otros. Martí García ilustra por qué no se improvisa la buena convivencia sino que se debe pensar sobre ella.
Tiene 64 pequeños capítulos con un título muy claro. Se entrelazan y conectan entre sí; sin embargo, cada uno se puede entender aislado del resto. Como los demás libros del autor es ágil, ameno, atractivo, profundo, asequible y enriquecedor. Utiliza un vocabulario preciso. Es elocuente lo que dice en el epílogo: quiere ser un despertador de ideas para iluminar y mejorar el trato con los demás. Parece especialmente fecunda la idea -que se repite varias veces- de que no se puede dejar la convivencia a una espontaneidad incontrolada sino que hay que aprender a interactuar. Distingue entre espontaneidad y sencillez y pone de manifiesto que la sola espontaneidad es una conducta irreflexiva, y por tanto, infrahumana, aunque haya tópicos que la hagan atractiva a las nuevas generaciones. Puede ser un antídoto ante el naturalismo de corte rousseauniano.
Algunos apartados, a mi juicio, particularmente útiles son: la palabra; el respeto; entender y comprender; el conocimiento ajeno; los silencios; recogimiento interior; los temas de conversación; el problema generacional; la sensibilidad; la paciencia; sentido del humor; ruido-silencio. Subyace una idea muy valiosa para la sociedad postmoderna en que vivimos: controlar la lengua supone controlar la vida, y la vida no puede estar a merced de las propias ocurrencias. Se logra una buena convivencia cuando se pone esfuerzo y es un error tratar a todos igual sin saber apreciar los temperamentos y los caracteres distintos de cada uno. Otra idea fecunda que se esboza -sobre la que se puede profundizar mucho- es que la cultura rejuvenece el espíritu y a mayor cultura, mejor sintonización con la época en que se vive.
Se recomienda ampliamente su lectura para mejorar la convivencia en las familias.