
Esta es la grande obra de Richard Bauckham. Como en las anteriores, se ocupa de restaurar la credibilidad histórica de los evangelios, en un ambiente ahora mucho más favorable a cuando la escuela de la crítica de las formas y sus presupuestos filosóficos imperaba en el mundo de los estudios bíblicos del Nuevo Testamento. Aquella escuela, nacida entre las dos guerras mundiales, en Alemania, bajo la egida de R. Bultmann, M. Dibelius y K.L. Schmidt, establecía que los evangelios eran el producto [1] de un largo proceso de elaboración, [2] en donde se haría protagonista la comunidad cristiana creyente, siendo esta la actora de los textos, que además [3] se habrían escrito para solucionar problemas concretos vitales de esas comunidades (lo llamado Sitz im Leben).
Bauckham sabe que el momento es propicio y su labor llega a resultados que hace unas décadas parecían lejos del horizonte de los grandes exegetas. Por ejemplo, aunque sea un pequeño detalle, se recupera la idea de que Alejandro y Rufo, mencionados en Mc 15,21, son probablemente conocidos como discípulos en Roma; se concibe la atribución de Mc a la predicación oral de Pedro y se valoran los testimonios primitivos de Papías de Hierápolis, Justino, Ireneo de Lyon y del Canon de Muratori. Interesante también es su análisis sobre la onomástica judía en Palestina, hoy más conocida gracias a la investigación arqueológica [4]. Su investigación aporta luz en cuestiones como la ausencia de la resurrección de Lázaro en los Sinópticos gracias al recurso del anonimato protector [5], así como la datación de la unción en Betania, en donde Mc y Mt están aparentemente en conflicto con Jn [6].
Bauckham insiste en la cercanía de los testigos visuales a la redacción de los textos evangélicos; habla, por una parte, de la fidelidad de la transmisión oral, por ejemplo en las palabras de la Eucaristía [7], o en no mezclar títulos que sólo Jesús usó hablando de sí mismo (“Hijo del hombre”) con otros que son claramente posteriores (“Hijo de Dios” o “Cristo”, p.ej.)[8], y para distinguir entre lo que ha sido dicho por Jesús o por uno de sus apóstoles [9]. Además defiende que no hay motivo para sospechar tanto de la fidelidad de la memoria de los testigos como hacían los defensores de la crítica de las formas [10].
Es interesante también el modo en que explica el uso del “nosotros” por Juan en Jn 21,23: habría tres tipos de usos literarios del “nosotros”: un asociativo en el que el autor se une con el lector, otro disociativo en el que el autor hace referencia a un grupo del que él es parte, pero no el lector, y un tercero sentido autoritativo, reforzando el “yo” del autor y confiriéndole autoridad; estos tres tipos son usados por el autor del evangelio y de la primera epístola de Juan, pero en la conclusión parece más obvio el uso autoritativo [11].
El autor declara muerto el método de la historia o crítica de las formas [12] y nos parece un excelente esfuerzo para lograrlo, pero tiene algunos puntos en donde su argumentación no es tan convincente, sobre todo al atribuir la autoría del cuarto Evangelio no a Juan, hijo de Zebedeo, ni a uno de los miembros del grupo de los Doce [13].
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Notas a pie de página
[1] «At the beginning of the twenty-first century the quest of the historical Jesus flourishes as never before, especially in North America» (p. 1).
[2] «The reference to Alexander and to Rufus certainly does presuppose that Mark expected many of his readers to know them, in person or by reputation, as almost all commentators have agreed, but this cannot in itself explain why they are named» (p. 52). «It has often been suggested that Rufus is the same person as the Rufus of Rom 16:13. In favor of this is the fact that the Rufus of Romans must have moved to Rome from the eastern Mediterranean since Paul new his mother well. Contacts between the Jerusalem church and the church in Rome were close, as the presence in Rome of several persons originally members of the Jerusalem church shows: Andronicus and Junia (Rom 16:7) and Peter, Sylvanus and Mark (1 Pet 5:12-13). If Mark’s Gospel was written in Rome, this could also add to the plausibility of identifying Mark’s Rufus with Paul’s. On the other hand, Rufus was a popular name with Jews, who used it as a kind of Latin equivalent to Reuben, and so it can be only a possibility that the two Rufi are the same» (ib. nota 49).
[3] Cf. todo el capítulo 7 (pp. 155-182).
[4] Se conocen hoy cerca de 3.000 judíos de Palestina que vivían en la época de Jesús, y la frecuencia de los nombres coincide con la frecuencia con la que ellos ocurren en los evangelios (cf. capítulo 4, pp. 67-92), lo cual es un argumento favorable a la autenticidad de la información. Nótese que los judíos de Egipto, por ejemplo, o los de otros puntos de la diáspora, tenían preferencia por otros nombres (cf. p. 73). Lo mismo vale para la credibilidad de Juan Marcos como autor del segundo evangelio: si es verdad que Marcus es el nombre latino más usado por los romanos por lo que debe estar unido a otro para identificar a una persona concreta (cf. p. 539), no es tan común en la parte oriental del imperio que prefiere el griego al latín (429 ocurrencias en 36.000 casos; cf. p. 540 e nota 106), y entre los judíos es todavía menos común, sólo se encontrando 2 casos en la Cirenaica, por lo que concluye: «there may well have been only one Mark» (p. 541).
[5] Por “anonimato protector” (“protective anonymity”) se entiende la omisión del nombre de alguien o de un episodio para que el interesado no sufra las consecuencias de esa revelación. Quizá no todos los casos a los que Bauckham aplica este motivo sean igualmente evidentes, pero para Lázaro es un argumento muy plausible (cf. p. 196).
[6] «Mark’s arrangement [sandwiching the anointing between the plotting of the Jewish authorities, which is dated two days before the Passover (Mark 14:1), and Judas’s visit to them (14:10-11)] is surely determined by his desire to link the anointing with this particular context, rather than by a traditional dating of the anointing itself two days before the Passover» (pp. 196s).
[7] «Paul’s version is verbally so close to Luke’s that, since literary dependence in either direction is very unlikely, Paul must be dependent either on a written text or, more likely, an oral text that has been quite closely memorized» (p. 267).
[8] Cf. p. 276.
[9] «The clear distinction Paul maintains between the saying of Jesus about divorce that he cites and the further instructions he himself adds (1 Cor 7:10-16) shows how the tradition of the sayings of Jesus was kept distinct from their use in parenetic instruction» (p. 278).
[10] Nota que la memoria puede traicionar a los testigos en procesos judiciales, pero que esto «bear scarcely at all on the kind of eyewitness testimony with which we are concerned in the Gospels. The witnesses in these cases were not mere uninvolved bystanders, but participants in the events. What their testimonies needed to convey were not peripheral details but the central gist of the events they recalled. They were not required to recall faces (so important in modern legal trials), nor were they pressed to remember what did not come easily to mind» (p. 356). E concluye: «argument from common experience is important, because scholars rather easily lose touch with common experience when dealing in technicalities such as the classification of Gospel pericopes according to forms» (p. 350).
[11] Cf. pp. 374-380.
[12] Así termina el último capítulo que se intitula: “The End of Form Criticism (Confirmed)”.
[13] Cf. p. 407s y los capítulos 16, 17 y 20. Su dificultad en aceptar la atribución tradicional tiene que ver con el hecho de que el Cuarto Evangelio está centrado en Judea y Jerusalén, y el autor – el “discípulo amado” – parece estar emparentado o ser muy cercano al sumo sacerdote. Pero quizá haya otros modos de solucionar el problema. Lo que no parece ser completamente conclusiva es su análisis del testimonio de Papías y Ireneo sobre el autor del evangelio; sobre el segundo cf. Lorne Zelyck, “Irenaeus and the Authorship of the Fourth Gospel” in Stanley E. Porter and Hughson T. Ong eds. The Origins of John's Gospel (Johannine Studies 2. Leiden/Boston: Brill, 2016), 239-258, que Bauckham desconoce.