
Es una biografía de la que se ha llamado, Princesa de la caridad. El libro distingue cuatro etapas de su vida. La niñez. Los años de matrimonio. La viudez. La toma del hábito gris con los franciscanos. Los primeros cuatro años de Isabel transcurren en el ambiente profundamente cristiano de la corte de Hungría. Era una niña normal, alegre y pizpireta. Como era costumbre en la época es prometida en matrimonio con el príncipe Luis de Turingia y la llevan al castillo de Wartburgo, donde será educada por su nueva familia. Antes, su madre le había preparado una magnífica dote. Nunca se habían visto en Turingia semejante cantidad de objetos preciosos como los que envió la reina de Hungría con su hija Isabel que tenía 4 años. A su llegada es recibida por Luis, de once años, su hermana pequeña Inés, y su madre, Sofía de Baviera que a partir de ahora ejercerá como madre y la educará como a sus propios hijos.
Recibe una formación impregnada por la Sagrada Escritura, base de la lectura y la escritura. Aprende a cantar en alemán y en latín así como gramática. Ella le concede una importancia especial a la oración en su vida cotidiana. Con frecuencia entra en la capilla del castillo a rezar. Tiene particular devoción a la Virgen María, patrona de Hungría y a san Juan evangelista al que se considera guardián de la pureza. Cuando acaba de cumplir seis años Isabel se entera de la muerte de su madre Gertrudis que ha sido asesinada. Tres años después muere Germán, hermano de Luis y un tiempo más tarde fallece su padre Luis. Isabel de diez años pierde a un hombre que la apreciaba y en quien tenía un apoyo.
Luis, el prometido de Isabel pasa a ser el príncipe de Turingia, Luis IV. Su lema es “piedad, pureza y justicia”. Isabel siente una profunda admiración por él y se enamora cada vez más. Ambos están unidos estrechamente y se confían lo más íntimo de sus corazones. En su adolescencia Isabel muestra sus deseos de complacer a Dios en su comportamiento. Multiplica sus actos de mortificación por lo que suscita críticas y polémicas. Durante las fiestas, deja de bailar tras la primera danza por amor a Dios. Cuando Luis tiene veintiún años e Isabel catorce, concreta su unión con Isabel y le otorga una renta que incluye el castillo de Wartburgo. Se celebra la boda con todas las autoridades invitadas. Fue una unión feliz. Su amor fue poderoso, lleno de ternura. Tuvieron tres hijos muy pronto. La duquesa come con frugalidad y se levanta todas las noches a rezar, su marido consentía aquella oración nocturna. Luis amaba profundamente a Isabel y le otorgaba la libertad de hacer todo lo que pudiera resultar útil a la salvación de su alma.
En cuanto esposa de Luis IV de Turingia, la soberana está obligada a llevar una vida pública oficial tanto en el interior como en el exterior de su país. La justicia es una de sus mayores preocupaciones. A Isabel no le gusta separarse de su esposo, por eso de acuerdo con él, le acompaña en sus desplazamientos cortos. La vida de la pareja está marcada por las repetidas ausencias de Luis. Durante este tiempo Isabel limita sus necesidades personales, come poco, sigue rezando por la noche y mortificándose con mayor intensidad, hila con lana en lugar de lino, y visita de manera habitual el convento de Altenberg, donde ha tomado la costumbre de rezar y tejer con las religiosas. Su encuentro con los franciscanos supone un acercamiento a su ideal de oración y pobreza. Los instala en una capilla de Eisenach.
En 1223 Isabel se pone bajo la dirección espiritual de Fray Rogelio quien le enseñó a observar la caridad y la humildad, a ser valiente, constante en la oración y a aficionarse a las obras de misericordia. Cuando se encuentra con los leprosos los consuela, los ayuda y les da abundantes limosnas. Los Jueves Santos les lava y besa los pies. En 1224, embarazada de su hija Sofía instaló a un leproso en el lecho conyugal después de lavarlo, olvidando el peligro, en su afán de socorrer a los enfermos. Sofía de Baviera se puso furiosa y se lo fue a contar a su hijo Luis, que después de una inspiración sobrenatural le agradeció haberlo hecho. Decide distribuir el dinero procedente de las ventas de ciertos terrenos para aliviar las necesidades de los pobres. Cuando la suma resulta insuficiente utiliza los recursos financieros de Wartburgo. Se convierte en la proveedora de los hambrientos. En ocasiones llega a regalar sus vestidos más caros a los pobres. Manda construir un hospital y un refugio para personas ancianas. Todos los días, mañana y tarde, va a ver a los enfermos, y se ocupa personalmente de los más repugnantes: les da de comer, les hace la cama, y les proporciona todos los cuidados posibles. Se preocupa especialmente por los niños enfermos, sarnosos, discapacitados, sucios y deformes, a los que trata con tanto cariño que le llaman madre. Utiliza un gran edificio a los pies de Wartburgo, para acoger a 28 pobres que por su estado físico no pueden acudir a la distribución de la comida. Acude a donde le llaman para ayudar.
Confecciona ropas de lana para los frailes menores y los indigentes tejida en compañía de sus doncellas y ella misma cose las destinadas a los niños pobres, a los que manda bautizar ofreciéndose como madrina. Divide su tiempo entre la lucha para combatir la miseria y una intensa oración. No le importa el descontento que esto provoca en los administradores y en su familia política. Luis escucha las quejas con paciencia, pero apoya con firmeza las actividades de su mujer. Cuando llega de sus viajes políticos ella lo recibe con una profunda ternura y besos de afecto. Por distintas vicisitudes Isabel pierde a su director espiritual y con la ayuda de Luis busca otro. Será Conrado de Marburgo de 1226 hasta su muerte en 1231.
El autoritarismo de Conrado y la sumisión de sus penitentes resultan incomprensibles si no se sitúan en su época, una época en la que -en algunos ambientes- el castigo y la flagelación formaban parte de un concepto mental propio de la Edad Media. Sin duda Conrado de Marburgo no mostró ninguna prudencia sobre sus decisiones, ni cuestionó sus decisiones, ni reflexionó sobre los límites de su autoridad, ni tuvo en cuenta las recomendaciones de la Iglesia que aconsejaba no poner en peligro la salud de los flagelados. Isabel se somete a todos sus castigos. Nunca se rebela contra el religioso. Le parece que forma parte del camino de progreso hacia Dios.
A finales de junio de 1227 Luis IV parte a la Sexta Cruzada y muere el 11 de septiembre. Isabel se queda destrozada, la despedida fue desgarradora, pero acepta la decisión de su esposo y el 29 de este mismo mes nace su tercera hija a quien llama Gertrudis en recuerdo de su madre. Cuando Sofía le comunica a Isabel la muerte de Luis, ella reacciona con su carácter apasionado y el amor infinito que le tenía a Luis. Llora desesperadamente, da vueltas por la habitación, hasta que por fin modera su llanto y acepta la muerte de su esposo, asumiendo el duelo con un profundo hueco en el corazón. Pronto estalla un conflicto entre Isabel y sus cuñados hasta que fue expulsada de la corte.
Isabel se aleja de su estado de soberana para convertirse en pobre en carne y espíritu. Totalmente abandonada en Dios ve confirmada su misión de convertirse en una sierva de la caridad. Aumenta su vida contemplativa. Viene una nueva renuncia. Se trata de la separación de sus hijos para que puedan recibir una seria educación para el futuro. A Germán de seis años lo envían a cargo de su abuela y sus tíos. A las dos mujeres las manda a un convento que para ella es el mejor lugar de educación, sabiduría y oración. Isabel se traslada a Hesse y se instala en Marburgo, cerca de su director espiritual. Decide vestir el sayal gris con el cordel en la cintura, que llevan los monjes y las monjas penitentes. Se gana la vida con el trabajo de sus manos. A menudo tiene éxtasis.
Su director espiritual la priva de todo consuelo humano, contaría su voluntad en todos los ámbitos y le ordena hacer todo lo que va contra sus deseos. La sumisión de Isabel resulta admirable. Obedece voluntariamente como siempre. Sigue su vida de obras de misericordia en hospitales y con los pobres. A los 24 años está agotada por sus mortificaciones y numerosas actividades. Siente que la muerte se acerca y se lo comunica a Conrado de Marburgo. Se ve obligada a guardar cama, aquejada de debilidad. Permanece así, sin sufrir, durante 15 días. El 16 de noviembre recibe los últimos sacramentos y al día siguiente, en 1231 poco después de la media noche, Isabel expira, dando la impresión de dormir.
Ante el anuncio de su muerte acuden muchísimas personas de todas partes para rendir homenaje a la patrona de los pobres que lloran porque han perdido a una madre. El día después del funeral se produce un milagro en la tumba de Isabel. Fue canonizada el 27 de mayo de 1235. Presencian la ceremonia su hijo Germán y sus hijas Sofía y Gertrudis - de 13, 12 y 9 años de edad-. Desde el siglo XIII es junto a san Luis patrona de la tercera orden franciscana, regular y secular. A partir de 1885 se convierte en la patrona de las mujeres y las jóvenes de Alemania. Su fiesta, desde 1913, pasa a ser fiesta mayor en toda la orden franciscana. Sin duda es una magnífica biografía. La recomiendo a personas que tengan criterio histórico para distinguir lo propio de las diferentes épocas. Quizá las nuevas generaciones no consideren muy atractiva su figura por sus excesivas penitencias corporales y en especial por la sumisión total a las órdenes imprudentes de su segundo director espiritual, Conrado de Marburgo que no es un modelo a seguir por su falta de misericordia.