
La isla de esta novela es un territorio parabólico que se parece a Rusia (ese territorio aislado de las grandes corrientes europeas occidentales). La historia es una forma de narrar el pasado, el tiempo, pero si la isla se parece a Rusia, su comienzo no puede ser otro que el de una crónica medieval escrita en algún monasterio boscoso.
Si la isla se parece a Rusia, su historia ha de sufrir amputaciones, revisiones, reinterpretaciones; ha de escribirse para la gloria del gobernante de turno, pero siempre habrá algún cronista con espíritu de monje.
Por si esta multiplicidad de narradores fuera escasa, las sucesivas crónicas son comentadas por dos príncipes santos: Parfenii y Ksenia, cuya gran longevidad les permite asistir a la filmación de un documental sobre sus propias vidas.
La longevidad de ambos no es el único episodio maravilloso-milagroso de esta historia, que tiene algo de realismo mágico a lo eslavo; de hecho, muy bien podría titularse Mil años (los que lleva el cristianismo en la Rus) de soledad.